Los Ejecutores

Los Ejecutores, con guion de Ray Collins (seudónimo de Eugenio Zappietro) y dibujos de Gerardo Canelo, representa uno de los pilares fundamentales del género policial negro dentro de la historieta argentina y latinoamericana. Publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *Intervalo* de Editorial Columba a finales de la década de los 70 y durante los 80, esta obra se aleja de los convencionalismos del heroísmo clásico para sumergirse en las cloacas de la criminalidad urbana y la ambigüedad moral.

La premisa de la serie se centra en un grupo de élite de la policía, una unidad especial diseñada para intervenir allí donde la burocracia y los procedimientos legales estándar fracasan. Este equipo, conocido como "Los Ejecutores", no está compuesto por figuras inmaculadas, sino por hombres curtidos, a menudo cínicos, que comprenden que para combatir al monstruo es necesario, en ocasiones, descender a su mismo nivel. La narrativa no se detiene en la resolución del crimen como un ejercicio intelectual, sino que explora las consecuencias físicas y psicológicas de la violencia institucionalizada.

El guion de Ray Collins es magistral en su construcción de la atmósfera. Collins, quien además de guionista fue comisario en la vida real, aporta un realismo sucio y una autenticidad técnica que pocos autores del género logran alcanzar. Sus textos de apoyo no son meras descripciones de la acción; son monólogos introspectivos, cargados de una filosofía existencialista y una melancolía persistente. La ciudad, generalmente una metrópolis genérica que evoca tanto a Nueva York como a Buenos Aires, se presenta como un personaje más: un laberinto de asfalto, lluvia y sombras que devora a los débiles y corrompe a los fuertes.

En el apartado visual, Gerardo Canelo despliega un dominio absoluto del claroscuro. Su estilo es heredero de la tradición del realismo detallado, pero con una suciedad necesaria que refuerza la temática de la obra. El uso de las sombras no es solo estético, sino narrativo; los personajes a menudo aparecen a medio iluminar, reflejando sus conflictos internos y su dualidad. Canelo logra que el lector sienta el frío de los callejones y el humo de los cigarrillos en las oficinas de precinto. El diseño de los personajes huye de lo caricaturesco; son rostros cansados, con ojeras y arrugas que narran años de servicio en las calles.

Estructuralmente, *Los Ejecutores* suele presentarse en episodios autoconclusivos que, sin embargo, van tejiendo una visión desencantada del mundo. Los casos varían desde el crimen organizado y el narcotráfico hasta dramas humanos más íntimos y sórdidos. Lo que une a todos estos relatos es la figura del "ejecutor" como un mal necesario. La serie plantea preguntas incómodas sobre la justicia y la ley: ¿es posible mantener la integridad cuando el sistema está podrido? ¿Cuál es el costo de cruzar la línea para proteger a los inocentes?

La obra evita caer en el maniqueísmo. No hay una distinción clara entre "buenos" y "malos" en el sentido tradicional. Los antagonistas suelen ser subproductos de un entorno hostil, y los protagonistas son hombres que han sacrificado su vida personal y su paz mental por un deber que a menudo parece estéril. Esta profundidad temática eleva a *Los Ejecutores* por encima del simple cómic de acción policial, convirtiéndolo en un estudio sobre la condición humana en situaciones límite.

En resumen, *Los Ejecutores* es una pieza indispensable para entender la evolución del género negro en el noveno arte. Es una obra que exige una lectura atenta, capaz de apreciar tanto la crudeza de sus

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