Línea de fuego: El eco gráfico de una herida abierta
La adaptación al noveno arte de la monumental novela de Arturo Pérez-Reverte, *Línea de fuego*, no es solo un ejercicio de traslación mediática; es una inmersión visceral y descarnada en el episodio más sangriento de la Guerra Civil Española: la Batalla del Ebro. Bajo el guion de Salva Rubio y el dibujo de Rubén del Rincón, este cómic se erige como una obra coral que busca, por encima de todo, rescatar la humanidad sepultada bajo el barro, el calor asfixiante de julio de 1938 y el estruendo de la artillería.
La sinopsis nos sitúa en la noche del 24 al 25 de julio. Miles de soldados republicanos comienzan el cruce del río Ebro con el objetivo de romper las líneas nacionales y aliviar la presión sobre otros frentes. Lo que comienza como una maniobra audaz pronto se convierte en una ratonera de fuego y acero. Sin embargo, a diferencia de otros relatos bélicos que se pierden en los despachos de los generales o en los mapas estratégicos, *Línea de fuego* decide poner la lupa en la trinchera, en el soldado que tiene miedo, en el que no entiende por qué dispara y en el que solo desea que la noche termine para ver un amanecer más.
La narrativa se fragmenta en múltiples puntos de vista, saltando con agilidad entre ambos bandos. Conocemos a los hombres de la XI Brigada Mixta, jóvenes de la "quinta del biberón" que apenas saben sostener un fusil, y a los curtidos legionarios y regulares que los esperan en la otra orilla. Pero el cómic no se detiene ahí; también da voz a las mujeres, como las operadoras de radio o las corresponsales de guerra, cuya presencia es vital para entender la complejidad social del conflicto. Esta multiplicidad de voces permite al lector comprender que, en la "línea de fuego", las ideologías a menudo se diluyen ante la necesidad primaria de supervivencia.
El guion de Salva Rubio realiza una labor de síntesis magistral. Adaptar una novela de setecientas páginas a las limitaciones del formato gráfico es un desafío que Rubio resuelve priorizando el ritmo y la tensión constante. No hay momentos de descanso; cada viñeta respira la urgencia del combate. Por su parte, el arte de Rubén del Rincón es, sencillamente, apabullante. Su estilo, que combina un realismo sucio con una expresividad casi febril, captura perfectamente la atmósfera de la batalla. El uso del color es fundamental: los tonos ocres, rojizos y polvorientos transmiten el calor sofocante del verano aragonés y la sequedad de una tierra que se bebe la sangre de sus hijos sin distinción de bandos.
Uno de los mayores aciertos de esta obra es su neutralidad emocional, que no política. No busca glorificar la guerra ni señalar héroes de mármol. Los protagonistas son seres humanos falibles, cansados y aterrorizados. El cómic logra transmitir esa sensación de "tragedia compartida" que Pérez-Reverte plasmó en su prosa: la idea de que, en una guerra civil, el enemigo es a menudo un reflejo de uno mismo, alguien que comparte tu lengua, tus costumbres y, quizás, tus mismos miedos.
*Línea de fuego* es una lectura esencial no solo para los aficionados al cómic histórico, sino para cualquier lector que busque entender la dimensión humana de la guerra. Es un relato sobre la pérdida de la inocencia, la camaradería en condiciones extremas y la absurda crueldad de un conflicto que marcó a fuego el destino de un país. Sin caer en el sentimentalismo barato, la obra nos obliga a mirar de frente a los ojos de aquellos que estuvieron allí, recordándonos que, tras las cifras de bajas y los movimientos tácticos, siempre hay una historia personal que merece ser contada antes de que el olvido la borre para siempre. En definitiva, es un testimonio gráfico poderoso, una coreografía de sombras y pólvora que honra la memoria de una generación perdida.