Las Olivas Negras

Las Olivas Negras (*Les Olives Noires*) es una de las colaboraciones más lúcidas y profundas de la *bande dessinée* contemporánea, fruto de la unión de dos talentos indiscutibles: Joann Sfar en el guion y Emmanuel Guibert en el dibujo. Publicada originalmente a principios de la década de los 2000, esta obra se aleja de los tropos habituales del género histórico para ofrecer una crónica íntima, antropológica y profundamente humanista de la Judea del siglo I, bajo la bota del Imperio Romano.

La narrativa se centra en la figura de Gamaliel, un niño judío que vive en una época de efervescencia política y religiosa absoluta. A través de sus ojos, el lector es testigo de la cotidianidad de un pueblo que intenta mantener su identidad y sus leyes ancestrales frente a la ocupación extranjera y las tensiones internas. No estamos ante una epopeya bíblica convencional ni ante una hagiografía; es, ante todo, un relato de formación (*coming-of-age*) enmarcado en un contexto de una complejidad histórica abrumadora.

El guion de Sfar destaca por su capacidad para humanizar la historia. En lugar de centrarse en las grandes figuras que suelen poblar los libros de texto, pone el foco en la relación entre Gamaliel y su padre, un hombre que intenta navegar las contradicciones de su fe y la realidad de la supervivencia. La trama explora las diversas facciones que dividían a la sociedad judía de la época: fariseos, saduceos, zelotes y esenios. Sfar utiliza los diálogos para exponer debates teológicos y filosóficos que, lejos de resultar áridos, se sienten vibrantes y urgentes, reflejando cómo la religión y la política eran inseparables en la vida diaria de Jerusalén.

Un elemento clave de la obra es la presencia tangencial de la figura de Jesús de Nazaret. A diferencia de otras obras que lo sitúan en el centro absoluto, aquí aparece como un rumor, un profeta más entre tantos que recorrían los caminos de Judea, lo que aporta una verosimilitud histórica fascinante. La historia se siente real porque se vive desde el suelo, desde el polvo de los caminos y el bullicio de los mercados, no desde el púlpito.

En el apartado visual, Emmanuel Guibert realiza un trabajo magistral que huye del detallismo rígido para abrazar una expresividad orgánica. Su trazo es fluido, casi abocetado en ocasiones, pero cargado de una intención narrativa que captura perfectamente la atmósfera de la época. El uso del color es fundamental: tonos ocres, terrosos y azules profundos que evocan la luz del Mediterráneo oriental y la sobriedad de la vida en el desierto. Guibert logra que los escenarios —desde las estrechas calles de Jerusalén hasta los olivares que dan título a la obra— respiren y tengan una identidad propia.

El título, *Las Olivas Negras*, funciona como una metáfora de la resistencia y la esencia de un pueblo. Al igual que el fruto del olivo, que requiere tiempo y esfuerzo para ser procesado y entregado, la identidad de los personajes se forja bajo la presión de la historia. La obra aborda temas universales como la pérdida de la inocencia, la búsqueda de la justicia en un mundo injusto y la dificultad de mantener la fe cuando el

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