Hablar de la historia del cómic franco-belga es, inevitablemente, hablar de Georges Remi, universalmente conocido como Hergé. Si bien su nombre está ligado de forma indisoluble a las aventuras de Tintín, existe otra obra que, aunque a menudo eclipsada por el brillo del joven reportero, constituye una pieza fundamental para entender la evolución del estilo de la "línea clara" y el genio humorístico de su autor: "Las Hazañas de Quique y Flupi" (*Quick et Flupke*).
Publicadas originalmente a partir de 1930 en las páginas de *Le Petit Vingtième*, las peripecias de estos dos pilluelos de Bruselas ofrecen una ventana fascinante a una época y a una forma de entender la infancia que, a pesar del paso de las décadas, conserva una frescura y una universalidad envidiables. En esta obra, Hergé se aleja de las tramas de espionaje internacional y los viajes exóticos para centrarse en el microcosmos de las calles de la capital belga, transformando lo cotidiano en un escenario de comedia slapstick y sátira social.
Los protagonistas: La esencia de la travesura
Quique (Quick) y Flupi (Flupke) son la personificación del espíritu indomable de la niñez. Quique, el más alto y delgado, suele ser el cerebro —o al menos el instigador— de la mayoría de los planes. Es audaz, ingenioso y posee una capacidad inagotable para meterse en problemas. Flupi, por su parte, es algo más bajo, lleva siempre su característico abrigo y suele ser el cómplice necesario que, a veces por ingenuidad y otras por lealtad, termina sufriendo las consecuencias de las ocurrencias de su compañero.
A diferencia de otros personajes infantiles de la época, Quique y Flupi no son modelos de virtud. Son "gamines" de barrio, niños reales que desobedecen a sus padres, intentan eludir sus responsabilidades escolares y ven en cada objeto cotidiano —una tabla de madera, un cubo de pintura o un viejo neumático— el componente principal para un invento revolucionario o una broma pesada. Su mundo es la calle, y su libertad es su posesión más preciada.
El Agente 15: El orden frente al caos
Ninguna comedia de enredos estaría completa sin un antagonista a la altura, y en el universo de Quique y Flupi, ese papel recae sobre el inolvidable Agente 15. Este policía, con su bigote prominente y su uniforme impecable, es la representación máxima de la autoridad, el orden y, en última instancia, la frustración adulta.
La dinámica entre los niños y el Agente 15 es el motor de gran parte de los gags. El policía intenta mantener la ley en un barrio donde la lógica infantil dicta sus propias normas. Sin embargo, Hergé dota al Agente 15 de una humanidad cómica; no es un villano, sino una víctima de las circunstancias y de su propia torpeza. A menudo, en su afán por atrapar a los jóvenes infractores, acaba siendo él quien termina en las situaciones más ridículas, convirtiéndose en el blanco de una ironía visual que Hergé manejaba con maestría.
Un estilo visual en evolución
Desde el punto de vista de un experto, "Las Hazañas de Quique y Flupi" es un laboratorio artístico. A través de sus planchas, podemos observar cómo Hergé perfecciona la línea clara. Los fondos de la Bruselas de los años 30 y 40 están dibujados con una precisión arquitectónica que contrasta con la expresividad casi caricaturesca de los personajes. Cada viñeta es una lección de narrativa visual: el uso del movimiento, las onomatopeyas y la composición están diseñados para que el lector, independientemente de su edad, capte el chiste de forma instantánea.
A diferencia de las largas narrativas de Tintín, Quique y Flupi se estructuran mayoritariamente en gags de una o dos páginas. Esta brevedad obligaba a Hergé a ser extremadamente eficiente en su guion, logrando un ritmo frenético que recuerda a las películas de cine mudo de Chaplin o Buster Keaton.
Un retrato social con humor
Más allá de las risas, el cómic es un valioso documento social. A través de las travesuras de los protagonistas, Hergé lanza dardos sutiles hacia las convenciones de la clase media, la rigidez del sistema educativo y la pomposidad de las instituciones. No obstante, el tono nunca es amargo; predomina una nostalgia luminosa por una infancia donde el peligro más