La vuelta al mundo de dos muchachos

En el vasto panteón del tebeo clásico español, pocas obras logran capturar la esencia de la aventura pura y el espíritu de descubrimiento con la maestría y el detalle de 'La vuelta al mundo de dos muchachos'. Publicada originalmente a finales de la década de los 40 y principios de los 50 por la mítica Editorial Bruguera, esta obra es una pieza fundamental para entender la evolución narrativa y visual del cómic en España. Firmada por el legendario Boixcar (Guillermo Sánchez Boix), un autor cuya firma es sinónimo de rigor técnico y realismo, esta serie se aleja de sus famosas crónicas bélicas para sumergir al lector en una odisea geográfica sin precedentes.

La premisa de la obra nos sitúa en una época donde el mundo todavía conservaba un aura de misterio y lo desconocido acechaba tras cada frontera. La historia sigue los pasos de dos jóvenes protagonistas que, impulsados por circunstancias que ponen a prueba su valor y su ingenio, se embarcan en un viaje épico que los llevará a recorrer los cinco continentes. A diferencia de otras obras contemporáneas que buscaban el humor o la fantasía desbordada, 'La vuelta al mundo de dos muchachos' se asienta sobre una base de realismo documental y un profundo respeto por la geografía y las culturas que retrata.

Desde el punto de vista de un experto, lo primero que destaca es el prodigioso apartado gráfico de Boixcar. El autor, conocido por su minuciosidad casi obsesiva, transforma cada viñeta en una ventana abierta al mundo. En una España de posguerra, donde viajar al extranjero era un sueño inalcanzable para la mayoría, este cómic funcionó como un atlas ilustrado de una belleza sobrecogedora. Boixcar no se limitaba a dibujar paisajes genéricos; realizaba una labor de investigación exhaustiva para representar con fidelidad desde las selvas más densas del sudeste asiático hasta las gélidas estepas siberianas o los bulliciosos mercados de Oriente Medio. Su uso de las sombras, el rayado manual para dar texturas y la composición de página dotan a la obra de una atmósfera cinematográfica que todavía hoy resulta moderna.

Narrativamente, la obra es un prodigio del ritmo. Aunque se estructura de forma episódica —propio de la publicación por entregas de la época—, mantiene un hilo conductor sólido basado en el crecimiento personal de los protagonistas. No son héroes invulnerables; son muchachos que deben enfrentarse a peligros reales: tormentas en alta mar, tribus hostiles, animales salvajes y, sobre todo, la ambición y la maldad de hombres que encuentran en su camino. Sin embargo, el guion también deja espacio para la solidaridad, la curiosidad científica y el asombro ante la diversidad humana. Es, en esencia, un canto a la fraternidad y al conocimiento como herramientas para superar la adversidad.

Otro aspecto crucial es el valor didáctico que Boixcar imprimió a la obra. Sin caer en el tono moralizante pesado, el cómic enseña historia, costumbres y nociones de supervivencia, convirtiendo la lectura en una experiencia enriquecedora. Los diálogos son ágiles y están cargados de una épica contenida, huyendo de los excesos melodramáticos para centrarse en la acción y el descubrimiento.

'La vuelta al mundo de dos muchachos' no es solo un tebeo de aventuras; es un testimonio de una forma de entender el arte secuencial donde el dibujo servía a la verdad del entorno. Para el lector contemporáneo, acercarse a esta obra supone un ejercicio de nostalgia, pero también de asombro ante la capacidad de un solo hombre para recrear el globo terráqueo con apenas tinta y papel. Es una invitación a recuperar la capacidad de sorpresa, a mirar más allá del horizonte y a comprender que la mayor aventura no es el destino, sino el camino compartido y las lecciones aprendidas en cada etapa. Una joya imprescindible que merece ser reivindicada como uno de los pilares de la narrativa gráfica española.

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