La Polilla

La Polilla, la obra magna del autor chileno Vicente «Vicho» Plaza, se erige como una de las piezas más singulares, crípticas y visualmente subyugantes de la narrativa gráfica latinoamericana contemporánea. Publicada originalmente de forma serializada y posteriormente recopilada, esta obra se aleja de los cánones convencionales del cómic de aventuras o superhéroes para adentrarse en los terrenos del *noir* psicológico, el expresionismo urbano y el surrealismo existencial.

La trama nos sitúa en una metrópolis genérica pero palpablemente asfixiante, una ciudad que respira a través de sus callejones sombríos, sus pensiones de mala muerte y la luz mortecina de sus farolas. El protagonista, un hombre cuya identidad parece diluirse en la monotonía de su entorno, desarrolla una obsesión casi biológica por la luz y el movimiento. Como el insecto que da título a la obra, este personaje se ve irremediablemente atraído por aquello que brilla en la oscuridad, ya sea una bombilla desnuda en una habitación vacía o el fulgor distante de una esperanza inalcanzable.

La narrativa de Plaza no se apoya en diálogos expositivos ni en una estructura de tres actos tradicional. En su lugar, el autor opta por una narración atmosférica donde el silencio es tan importante como el trazo. La historia sigue los deambulares nocturnos del protagonista, un flâneur moderno que observa la decadencia de la ciudad y de sus habitantes con una mezcla de desapego y fascinación. A medida que avanza el relato, la línea entre la realidad objetiva y la percepción distorsionada del personaje comienza a difuminarse. La ciudad deja de ser un simple escenario para convertirse en un laberinto mental donde los encuentros fortuitos con otros seres marginales —prostitutas, borrachos, sombras sin nombre— actúan como espejos de su propia alienación.

El núcleo temático de La Polilla gira en torno a la soledad urbana y la búsqueda de sentido en un entorno deshumanizado. Plaza explora la idea de la metamorfosis, no necesariamente física, sino espiritual y psicológica. El protagonista habita un estado de crisálida permanente, esperando una transformación que lo libere de la pesadez de su existencia. La luz, en este contexto, funciona como una metáfora de la verdad, de la belleza o de la muerte; un elemento que atrae y destruye al mismo tiempo.

Visualmente, el cómic es una lección magistral de claroscuro. El dibujo de Vicho Plaza es denso, cargado de manchas de tinta china que parecen devorar el blanco del papel. Influenciado por maestros del expresionismo y del cómic de autor europeo y argentino (con ecos de Alberto Breccia o José Muñoz), Plaza utiliza el contraste extremo para generar una sensación de claustrofobia y misterio. Las texturas son sucias, rugosas, casi táctiles, logrando que el lector sienta el frío del pavimento y el olor a humedad de los interiores. El diseño de página es dinámico pero opresivo, utilizando encuadres que a menudo aíslan al protagonista, subrayando su desconexión con el mundo que lo rodea.

A diferencia de otras obras del género, La Polilla no busca ofrecer respuestas ni una resolución catártica. Es una experiencia inmersiva que invita a la contemplación y a la interpretación personal. El ritmo es pausado, casi onírico, permitiendo que las imágenes hablen por sí solas y que el lector se pierda en los detalles de una ciudad que parece estar siempre a punto de colapsar bajo el peso de sus propias sombras.

En resumen, La Polilla es un cómic de autor en el sentido más puro del término. Es una obra que desafía las convenciones comerciales para ofrecer un retrato crudo y poético de la condición humana en la modernidad. Sin necesidad de grandes artificios argumentales, Vicente Plaza construye un universo propio, oscuro y fascinante, que permanece en la memoria del lector mucho después de haber cerrado sus páginas. Es una lectura esencial para quienes buscan en el noveno arte una profundidad estética y temática que trascienda el mero entretenimiento.

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