La Pequeña Lulú – Álbum de Cómics constituye una de las piezas fundamentales de la narrativa gráfica del siglo XX, representando la transición de la viñeta única de periódico al formato de historieta larga con una complejidad narrativa sorprendente. Aunque el personaje fue creado originalmente por Marjorie Henderson Buell (conocida como "Marge") en 1935 para *The Saturday Evening Post*, la esencia de lo que encontramos en estos álbumes es, en gran medida, obra del guionista y dibujante John Stanley, quien expandió el universo de Lulú Moppet dotándolo de una estructura social y un humor sofisticado que trasciende las edades.
Este volumen recopila las vivencias cotidianas de Lulú, una niña de inteligencia aguda, gran sentido de la justicia y una capacidad inagotable para la improvisación. A diferencia de otros personajes infantiles de su época, Lulú no es una figura pasiva; es el motor de la acción y, frecuentemente, la voz de la razón en un entorno suburbano que, bajo su apariencia tranquila, esconde una constante lucha de ingenio. El escenario principal es un vecindario residencial donde los niños han construido su propio ecosistema social, con sus propias reglas, jerarquías y conflictos.
El eje central de la obra es la rivalidad amistosa, pero feroz, entre el grupo de las niñas, liderado por Lulú y su amiga Anita, y el club de los niños, encabezado por Tobi Tapia (Tubby). El famoso letrero de "No se admiten niñas" en la casa del club de Tobi es el símbolo de una segregación de género infantil que sirve como base para innumerables tramas. En estas historias, los niños intentan demostrar una superioridad que Lulú se encarga de desmantelar sistemáticamente mediante la lógica y la astucia. No se trata de una confrontación maliciosa, sino de un juego de roles donde la creatividad es la principal herramienta.
Un elemento distintivo de estos álbumes es la estructura de las historias. John Stanley introdujo recursos narrativos innovadores, como el "relato dentro del relato". Es habitual encontrar secuencias donde Lulú debe cuidar al pequeño y travieso Alvin. Para mantenerlo bajo control, ella le narra cuentos improvisados sobre una "niña pobre" (un alter ego de sí misma) y la bruja Alisanda. Estas subtramas permiten al cómic explorar el terreno de lo fantástico y lo surrealista, rompiendo la estética costumbrista del resto del álbum y mostrando la profundidad psicológica de la protagonista.
En cuanto al apartado visual, el trabajo de Irving Tripp (quien solía finalizar los bocetos de Stanley) se caracteriza por una línea clara, limpia y extremadamente expresiva. Los personajes poseen un diseño icónico: Lulú con sus rizos negros y su vestido rojo, y Tobi con su fisonomía robusta y su gorra de marinero. La narrativa visual es impecable; el ritmo de las viñetas está diseñado para maximizar el efecto del *gag* visual, apoyándose en el lenguaje corporal y las expresiones faciales más que en diálogos excesivamente explicativos.
El reparto secundario enriquece significativamente el álbum. Personajes como Fito, el mejor amigo de Tobi; Pepe del Salto, el niño rico y presumido que actúa como antagonista social; y los Chicos del Oeste, una banda de niños más rudos que representan una amenaza externa para el grupo principal, añaden capas de conflicto que permiten explorar temas como la diferencia de clases, la lealtad y la resolución de problemas.
La Pequeña Lulú – Álbum de Cómics no es solo un producto de entretenimiento infantil de mediados del siglo pasado; es un estudio sobre la infancia y la dinámica de grupos. Su lectura permite apreciar una comedia de costumbres refinada, donde el humor surge de la observación de la naturaleza humana. La obra evita el sentimentalismo fácil, optando en su lugar por un enfoque pragmático y a veces irónico sobre la vida diaria. Es, en definitiva, un testimonio de la edad de oro del cómic estadounidense, cuya vigencia reside en la universalidad de sus situaciones y en la brillantez de su ejecución técnica.