La Orden de Cicerón se erige como una de las propuestas más ambiciosas y punzantes dentro del panorama del cómic de intriga política y thriller institucional en España. Escrita por Manuel G. Ávila, esta obra se aleja de los convencionalismos del género criminal para adentrarse en las cloacas del Estado, explorando los mecanismos de poder que operan en las sombras de la democracia contemporánea. La narrativa no busca el espectáculo gratuito, sino que construye una atmósfera de tensión constante basada en la verosimilitud y el conocimiento de los entresijos judiciales y políticos.
La trama nos sitúa en una España reconocible, donde la aparente normalidad de las instituciones esconde una red de influencias tejida durante décadas. El punto de partida es un incidente que, aunque inicialmente parece aislado o fruto de la negligencia, actúa como el hilo del que comienza a tirar el protagonista. A través de su mirada, el lector se introduce en un laberinto de despachos, notarías y altas esferas donde la ley no es un fin, sino una herramienta de control. La "Orden" que da título a la obra no es una sociedad secreta de tintes esotéricos, sino algo mucho más aterrador por su cercanía a la realidad: un grupo de presión compuesto por individuos con nombres y apellidos que ocupan puestos clave en el sistema judicial y administrativo.
El guion de Ávila destaca por su precisión quirúrgica. La historia se desarrolla mediante una estructura de *slow burn*, donde la información se dosifica cuidadosamente para que el lector comparta la sensación de paranoia y aislamiento del protagonista. No hay héroes infalibles en estas páginas; los personajes están definidos por sus grises morales, sus miedos y la fragilidad de su posición frente a un enemigo invisible pero omnipresente. La narrativa cuestiona constantemente la herencia de la Transición y cómo ciertas estructuras de poder han logrado mutar y sobrevivir bajo el amparo de la legalidad vigente.
Visualmente, el cómic apuesta por un realismo sobrio que refuerza el tono de denuncia social. El uso de las sombras y la composición de las viñetas subrayan la opresión de los espacios institucionales, convirtiendo los edificios gubernamentales y los grandes bufetes en escenarios casi claustrofóbicos. El dibujo huye de la exageración para centrarse en la expresividad contenida de los rostros, capturando la tensión de los diálogos, que son el verdadero motor de la obra. Cada conversación es un duelo dialéctico donde lo que se calla es tan importante como lo que se dice.
Uno de los pilares fundamentales de La Orden de Cicerón es su capacidad para diseccionar el concepto de "justicia". La obra plantea una dicotomía entre la justicia idealista y la justicia aplicada, aquella que se ve alterada por favores debidos, chantajes y lealtades inconfesables. El nombre de Cicerón, el gran orador y jurista romano, no es casual; evoca una tradición de retórica y derecho que, en manos de la Orden, se pervierte para proteger los intereses de una élite que se cree por encima del bien y del mal.
A medida que la investigación avanza, el cómic se transforma en un relato sobre la pérdida de la inocencia institucional. El protagonista descubre que enfrentarse a la Orden no es solo una lucha contra la corrupción, sino un enfrentamiento contra un sistema diseñado para protegerse a sí mismo y expulsar cualquier elemento extraño que amenace su estabilidad. La obra evita los giros de guion inverosímiles, prefiriendo mantener los pies en la tierra y mostrar las consecuencias reales —profesionales, personales y físicas— de intentar desvelar la verdad en un entorno donde la información es la moneda de cambio más valiosa.
En conclusión, La Orden de Cicerón es un ejercicio de narrativa negra madura y necesaria. Es un cómic que exige la atención del lector y lo invita a reflexionar sobre la salud de las instituciones y los peligros de la impunidad. Sin necesidad de recurrir a artificios, logra construir un relato absorbente que funciona tanto como entretenimiento de alta calidad como crónica crítica de las tensiones que subyacen en el corazón del poder. Es una pieza clave para entender la evolución del cómic adulto en España, centrada en la palabra, el documento y la sombra de una sospecha que nunca termina de disiparse.