La Jauría del Infierno no es solo un título dentro del vasto catálogo de la historieta de terror mexicana; es un exponente visceral de una época dorada del "pulp" latinoamericano, donde el horror se alejaba de los castillos góticos para instalarse en la crudeza de lo cotidiano, lo rural y lo instintivo. Publicado bajo el sello de editoriales emblemáticas como Ejea, dentro de sus líneas de "Sensacional de Terror", este cómic encapsula una narrativa de supervivencia extrema y horror sobrenatural que ha quedado grabada en la memoria colectiva de los lectores de género.
La trama nos sitúa en un entorno donde la civilización parece haber olvidado sus propias reglas. La premisa arranca con una atmósfera de tensión latente: un pequeño pueblo o una zona aislada comienza a ser asediada por una presencia que, inicialmente, se confunde con la naturaleza salvaje. Sin embargo, pronto queda claro que los atacantes no son simples animales hambrientos. La "jauría" que da nombre a la obra es una entidad colectiva, una fuerza de la naturaleza corrompida por fuerzas oscuras que parecen responder a un mandato más allá de la comprensión humana.
El núcleo narrativo se centra en la vulnerabilidad del ser humano frente a lo irracional. A diferencia de otros cómics de la época que recurrían a monstruos clásicos como vampiros o momias, La Jauría del Infierno utiliza la figura del perro —el supuesto mejor amigo del hombre— y lo subvierte, transformándolo en una herramienta de castigo divino o demoníaco. Los protagonistas, generalmente personas comunes enfrentadas a situaciones extraordinarias, deben lidiar no solo con la amenaza física de los colmillos y las sombras, sino con el colapso de su propia lógica ante lo que están presenciando.
Visualmente, el cómic es un ejercicio de claroscuro y narrativa dinámica. El estilo artístico, característico de los maestros de la historieta mexicana, se apoya en un entintado denso que acentúa la sensación de claustrofobia, incluso en espacios abiertos. Las anatomías de los canes están deformadas sutilmente para evocar algo más que una simple rabia; sus ojos y sus posturas sugieren una inteligencia malévola. El uso de las sombras es magistral, ocultando a la jauría hasta el último momento, lo que convierte cada página en un ejercicio de suspense visual. El dibujo no escatima