La Isla de los Muertos

La Isla de los Muertos, escrita por Thomas Mosdi e ilustrada por Guillaume Sorel, es una de las obras más fascinantes y atmosféricas del cómic europeo de finales del siglo XX. Publicada originalmente en cinco álbumes y posteriormente recopilada en tomos integrales, esta obra se sitúa en la intersección del horror gótico, el simbolismo pictórico y el horror cósmico de corte lovecraftiano. La narrativa no solo toma su nombre de la famosa serie de cuadros del pintor suizo Arnold Böcklin, sino que convierte dicha imagen en el eje gravitacional de una trama cargada de esoterismo y decadencia.

La historia se ambienta en la Europa de finales del siglo XIX, un periodo marcado por el contraste entre el progreso científico y un resurgimiento del interés por lo oculto. El protagonista es Aramis de Saint-Gilles, un joven aristócrata cuya vida da un vuelco tras la muerte de su mentor. Como herencia, Aramis recibe una de las versiones del cuadro *La Isla de los Muertos*. Lo que comienza como la posesión de una pieza de arte inquietante pronto se transforma en una obsesión que erosiona la cordura del protagonista. La pintura no es una mera representación artística, sino una suerte de talismán o portal vinculado a una realidad mucho más antigua y oscura de lo que la humanidad está preparada para comprender.

A medida que Aramis profundiza en el origen del cuadro y en la vida de quienes lo poseyeron anteriormente, se ve envuelto en una red de sociedades secretas y cultos que buscan despertar a entidades primordiales. La trama se desplaza desde los salones burgueses y los ambientes bohemios de París hacia escenarios más sombríos, donde la frontera entre el sueño, el delirio y la realidad se vuelve peligrosamente delgada. Mosdi construye un guion que respeta los tropos del horror clásico, pero los eleva mediante una estructura de misterio que exige la atención constante del lector.

El apartado visual de Guillaume Sorel es, sin lugar a dudas, el elemento que define la identidad de este cómic. Sorel utiliza un estilo pictórico, con un uso magistral de la acuarela y el color directo, para evocar una atmósfera de melancolía y opresión. Su capacidad para retratar la arquitectura de la época, así como los paisajes oníricos y grotescos, sumerge al lector en una experiencia sensorial. La paleta de colores evoluciona junto con la psique de Aramis: desde tonos terrosos y realistas hasta explosiones de colores antinaturales que señalan la intrusión de lo sobrenatural en el mundo cotidiano.

Uno de los puntos fuertes de la obra es su tratamiento del horror. No se apoya en el impacto fácil o el *gore* gratuito, sino en la construcción de una inquietud creciente. La influencia de H.P. Lovecraft es evidente, no solo en la mención de deidades olvidadas, sino en el concepto del conocimiento prohibido que conduce inevitablemente a la perdición. Sin embargo, Mosdi y Sorel logran dotar a la obra de una personalidad propia al anclarla en la historia del arte y en la estética del decadentismo francés.

La narrativa también explora temas como la predestinación y la fragilidad de la identidad. Aramis no es un héroe convencional; es un hombre arrastrado por fuerzas que lo superan, un observador de su propia caída que busca respuestas en un mundo que se desmorona. La relación entre el arte y la realidad es el motor filosófico de la obra: la idea de que ciertas creaciones humanas no son invenciones, sino captaciones de verdades aterradoras que existen fuera del tiempo.

En conclusión, La Isla de los Muertos es una pieza imprescindible para los amantes del cómic de género y para quienes buscan una narrativa visualmente deslumbrante. Es una obra que captura la esencia del fin de siglo, donde la elegancia de la alta sociedad esconde abismos de locura. La colaboración entre Mosdi y Sorel resulta en un relato circular y denso que permanece en la memoria del lector mucho después de haber cerrado el libro, funcionando como un homenaje perfecto tanto a la pintura de Böcklin como a la literatura de horror clásico.

Deja un comentario