Publicada originalmente en 1994 en las páginas de la revista *Nippur Magnum* de la mítica Editorial Columba, "La Isla de los Dioses" representa una de las obras más fascinantes y maduras de la etapa final de la "historieta argentina" de quiosco. Con guion de Ricardo Ferrari y el arte de Claudio Díaz y Carlos Gómez, esta obra se aleja de los convencionalismos del género de aventuras para adentrarse en un terreno donde la mitología, la filosofía y el suspenso se entrelazan de manera indisoluble.
La premisa arranca con un tropo clásico: un grupo de náufragos contemporáneos llega a una isla remota que no figura en ninguna carta náutica moderna. Sin embargo, lo que comienza como un relato de supervivencia pronto se transforma en una experiencia metafísica. Los protagonistas descubren que el territorio está habitado por seres que encarnan las deidades de los antiguos panteones —griegos, egipcios, nórdicos—, quienes parecen haber encontrado en ese enclave geográfico un último refugio frente al olvido del mundo moderno.
El guion de Ricardo Ferrari destaca por su densidad narrativa. Ferrari no se limita a presentar a los dioses como figuras de acción o antagonistas poderosos; los trata como entidades complejas, cansadas y, en muchos sentidos, prisioneras de su propia inmortalidad y de los atributos que los humanos les otorgaron a través de los siglos. La interacción entre los náufragos —representantes de la racionalidad y el escepticismo del siglo XX— y estas deidades anacrónicas genera un choque cultural y existencial que es el verdadero motor de la trama. El autor utiliza el entorno de la isla para explorar temas como la naturaleza del poder, la decadencia de las creencias y la fragilidad de la condición humana frente a lo absoluto.
En el apartado visual, la colaboración entre Claudio Díaz y Carlos Gómez es excepcional. Carlos Gómez, quien poco después alcanzaría el estrellato internacional con su trabajo en *Dago*, demuestra aquí una capacidad asombrosa para el diseño de personajes y la ambientación. La isla está representada con una riqueza de detalles que oscila entre lo idílico y lo opresivo. El dibujo logra capturar la majestuosidad de los dioses, dotándolos de una anatomía imponente y una gestualidad que transmite una sabiduría antigua y, a menudo, una profunda melancolía. El uso de las sombras y el claroscuro es fundamental para establecer la atmósfera de misterio que envuelve a la isla, diferenciando claramente el mundo "real" del que provienen los protagonistas del entorno "divino" en el que se ven atrapados.
La narrativa visual se apoya en una puesta en página dinámica que, sin embargo, respeta la tradición de la escuela argentina de la claridad narrativa. Los autores logran que la arquitectura de los templos y los paisajes naturales de la isla se sientan como un personaje más, un escenario vivo que reacciona a la presencia de los intrusos.