La Cosa de otro mundo

La traslación al noveno arte de uno de los pilares del horror contemporáneo no es una tarea sencilla, pero la serie de cómics de "La Cosa de otro mundo" (The Thing from Another World), publicada originalmente por Dark Horse Comics a partir de 1991, se erige como un ejercicio de expansión narrativa ejemplar. Bajo la pluma de Chuck Pfarrer y los lápices de John Higgins, esta obra no se limita a revisitar los tropos de la película de John Carpenter de 1982, sino que se posiciona como una secuela directa y canónica dentro del imaginario de los aficionados, expandiendo la mitología del organismo extraterrestre con una crudeza visual impactante.

La trama arranca apenas unos instantes después del ambiguo y gélido final del filme. El escenario es el mismo: las ruinas humeantes de la Estación 31 en la Antártida. Allí, entre la nieve y el silencio sepulcral, un equipo de rescate de la Marina de los Estados Unidos llega para investigar el silencio radial de la base. Lo que encuentran es un escenario de pesadilla, pero también a los dos únicos supervivientes: R.J. MacReady y Childs. A partir de este punto, el cómic establece su premisa fundamental: la duda razonable. El lector, al igual que los rescatadores, se enfrenta a la incertidumbre de si estos hombres siguen siendo humanos o si son meros recipientes para la entidad biológica capaz de imitar cualquier forma de vida a nivel celular.

El guion de Pfarrer traslada la acción desde el aislamiento absoluto de una base científica a un entorno ligeramente más amplio, pero igualmente claustrofóbico: una base naval y, posteriormente, un buque de guerra. Este cambio de escala permite al cómic explorar las implicaciones globales de la amenaza. Ya no se trata solo de la supervivencia de un grupo de hombres, sino de la posibilidad de que la Cosa alcance núcleos de población civil. La narrativa se apoya constantemente en la paranoia; el enemigo no es solo el monstruo de tentáculos y mandíbulas imposibles, sino el compañero que está sentado a tu lado en el comedor.

Visualmente, el trabajo de John Higgins es fundamental para capturar la esencia de la franquicia. Higgins, conocido por su labor como colorista en *Watchmen*, utiliza aquí una paleta de colores fríos, dominada por azules gélidos y grises metálicos, que contrastan violentamente con los rojos viscerales y los tonos orgánicos de las transformaciones de la criatura. El diseño de la Cosa en el cómic respeta la estética de los efectos prácticos de Rob Bottin, presentando deformidades anatómicas que desafían la lógica biológica, pero con la libertad que permite el dibujo para mostrar escalas y formas que habrían sido imposibles de filmar en su época.

Uno de los mayores aciertos de esta obra es el tratamiento de la biología del alienígena. El cómic profundiza en la capacidad de adaptación de la criatura, sugiriendo que cada célula es un organismo individual con voluntad de supervivencia. Esta premisa eleva la tensión, ya que cualquier rastro de material biológico, por pequeño que sea, representa un riesgo de extinción para la humanidad. La narrativa evita caer en la acción gratuita, prefiriendo un ritmo de *thriller* psicológico donde los diálogos están cargados de sospecha y los silencios son preludios de estallidos de horror corporal.

En conclusión, el cómic de "La Cosa de otro mundo" es una pieza indispensable para entender la evolución del horror de ciencia ficción en las viñetas. Logra mantener la atmósfera de desesperanza y aislamiento que definió a la obra original, mientras expande el conflicto hacia nuevas fronteras. Es un relato sobre la pérdida de la identidad y la fragilidad de la confianza humana

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