La Conjura de Cada Miércoles es una de las propuestas más frescas y dinámicas dentro del panorama del cómic español contemporáneo, fruto de la colaboración entre dos figuras clave de la narrativa gráfica nacional: el guionista Sergio Morán y la dibujante Laurielle. Publicada bajo el sello de Fandogamia Editorial, esta obra se aleja de los tropos convencionales del género de aventuras para adentrarse en un terreno donde el humor, la paranoia urbana y la cotidianidad se entrelazan de forma indisoluble.
La premisa de la obra nos sitúa en un escenario aparentemente mundano: un grupo de individuos, diversos en trasfondo y personalidad, se reúne religiosamente todos los miércoles en la penumbra de un bar. Sin embargo, el motivo de sus encuentros no es la simple socialización, sino el análisis, la discusión y el seguimiento de teorías de la conspiración. Lo que para el resto del mundo son leyendas urbanas, hilos de foros oscuros o desvaríos de mentes ociosas, para los protagonistas de esta historia es la materia prima de su realidad. El cómic explora la dinámica de este grupo de "conspiranoicos" que, lejos de ser retratados como figuras ridículas o marginales, son presentados como personajes con una lógica interna sólida y una camaradería forjada en la sospecha compartida.
El conflicto motor de la narrativa surge cuando la línea entre la especulación y la realidad comienza a difuminarse. La trama se dispara cuando uno de los miembros del grupo desaparece o cuando ciertos eventos, que en teoría solo deberían existir en sus carpetas de recortes y archivos digitales, empiezan a manifestarse en las calles de su ciudad. A partir de este punto, la obra se transforma en un thriller de misterio con tintes de fantasía urbana, donde el lector es invitado a cuestionar, junto a los personajes, qué es real y qué es una construcción de una mente que busca patrones en el caos.
Uno de los pilares fundamentales de La Conjura de Cada Miércoles es el guion de Sergio Morán. Su escritura se caracteriza por un ritmo ágil y unos diálogos afilados que rebosan ingenio. Morán logra equilibrar la exposición de conceptos complejos sobre conspiraciones con una caracterización profunda de los personajes. No se limita a presentar arquetipos (el escéptico, el creyente, el técnico), sino que dota a cada integrante de la conjura de una voz propia y motivaciones que van más allá de la simple obsesión por lo oculto. El humor es una herramienta constante, pero nunca resta peso a la tensión de la trama; funciona más bien como un mecanismo de defensa de los personajes ante un mundo que parece volverse cada vez más extraño.
En el apartado visual, Laurielle demuestra por qué es una de las artistas más versátiles del medio. Su estilo, que bebe del *cartoon* pero mantiene un nivel de detalle riguroso, es perfecto para esta historia. La expresividad de sus personajes es clave para transmitir la paranoia, el miedo o la sorpresa sin necesidad de recurrir a textos explicativos. La narrativa visual es fluida, con una composición de página que sabe cuándo acelerar en las secuencias de acción y cuándo detenerse en los momentos de diálogo denso en el bar. Además, el diseño de los elementos "extraños" o sobrenaturales que aparecen en la obra tiene una identidad visual única que refuerza la sensación de que algo no encaja en la realidad normalizada.
La obra también funciona como una sátira social sobre la era de la información y la posverdad. A través de las peripecias de sus protagonistas, el cómic reflexiona sobre nuestra necesidad de encontrar explicaciones a lo inexplicable y sobre cómo las comunidades se forman en torno a verdades alternativas. Sin embargo, lo hace sin caer en el cinismo, manteniendo siempre un núcleo emocional centrado en la amistad y la lealtad.
En conclusión, La Conjura de Cada Miércoles es un cómic imprescindible para quienes busquen una lectura que combine el misterio inteligente con un sentido del humor muy particular. Es una obra que entiende perfectamente los códigos de la cultura internet y los traslada al papel con maestría, ofreciendo una historia autoconclusiva (aunque con un universo expandible) que atrapa desde la primera reunión en el bar hasta su resolución final. Es, en esencia, una celebración de lo extraño y un recordatorio de que, a veces, los que parecen estar locos son los únicos que están mirando en la dirección correcta.