La Chica de la TV, escrita e ilustrada por la talentosa autora gallega Xulia Vicente, se erige como una de las propuestas más singulares y visualmente magnéticas del panorama del cómic contemporáneo español. Publicada originalmente bajo el sello de Bang Ediciones dentro de su colección Mamut (pero con una profundidad que trasciende las etiquetas de edad), esta obra se aleja de los convencionalismos narrativos para sumergir al lector en una fábula moderna sobre la identidad, la alienación y el proceso, a menudo doloroso, de encontrar un lugar propio en un mundo que exige uniformidad.
La premisa nos sitúa en una realidad distópica o quizás onírica, donde la normalidad está definida por una característica física inquietante: todos los habitantes tienen un televisor en lugar de cabeza. Estos dispositivos no son meros adornos; son el canal a través del cual los individuos se comunican, se expresan y, sobre todo, proyectan una imagen curada y sintonizada de sí mismos hacia el exterior. En este contexto conocemos a Lúa, la protagonista, quien carga con lo que la sociedad considera una anomalía insalvable: ella tiene una cabeza humana, de carne y hueso.
Lúa vive en un estado de constante vulnerabilidad y exposición. Mientras que los demás pueden ajustar su brillo, cambiar de canal, emitir programas de entretenimiento o simplemente mostrar estática cuando no quieren ser vistos, ella está permanentemente "desnuda". Su rostro refleja sus emociones de manera cruda, sin filtros, sin posibilidad de edición ni sintonización. Esta diferencia física actúa como una metáfora potente y polifacética sobre la adolescencia y la transición a la vida adulta, ese periodo vital donde la sensación de ser "el bicho raro" o de no poseer las herramientas sociales adecuadas se vuelve una carga asfixiante.
El cómic explora con sutileza cómo la sociedad de los "seres-televisión" valora la transmisión por encima de la conexión real. Los personajes que rodean a Lúa están obsesionados con lo que emiten sus pantallas, creando una barrera tecnológica que los deshumaniza a ojos de la protagonista, pero que para ellos es el único lenguaje válido y seguro. Lúa, en su búsqueda de aceptación, intenta desesperadamente encajar, llegando a cuestionar su propia naturaleza y deseando esa frialdad de cristal y circuitos que parece otorgar seguridad y pertenencia al resto de sus congéneres.
Desde el punto de vista técnico y artístico, Xulia Vicente demuestra una maestría narrativa excepcional. El diseño de personajes es la piedra angular de la obra: el contraste visual entre la expresividad orgánica y cambiante de Lúa y la rigidez geométrica de los televisores genera una tensión constante en la página. El dibujo de Vicente, caracterizado por una línea fluida