La Brigada Judía, escrita y dibujada por el maestro belga Marvano (Mark Van Oppen), es una de las obras más lúcidas y rigurosas del cómic histórico contemporáneo. Publicada originalmente en tres álbumes (*Vigilante*, *TTG* y *Hatikvah*), esta trilogía se aleja de la épica bélica tradicional para adentrarse en los claroscuros morales, el trauma colectivo y las complejas maniobras geopolíticas que marcaron el final de la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento del Estado de Israel.
La trama se sitúa en 1945, en una Europa devastada donde el estruendo de los cañones ha cesado, pero donde la paz es solo un concepto abstracto. El relato sigue los pasos de la Jewish Brigade Group, una unidad real del ejército británico compuesta por voluntarios judíos, la mayoría procedentes de Palestina (entonces bajo mandato británico). A través de los ojos de dos protagonistas con perspectivas contrastadas —Leslie Toliver, un judío británico refinado, y Ari, un combatiente más pragmático y endurecido—, Marvano construye una crónica sobre la identidad y la justicia en un mundo que ha perdido su brújula ética.
El primer bloque narrativo, Vigilante, se centra en la inmediata posguerra en el norte de Italia y Austria. Aquí, la misión oficial de patrullaje se mezcla con una agenda clandestina: la caza de criminales de guerra nazis que intentan mimetizarse con la población civil o huir por las rutas de escape hacia Sudamérica. Marvano plantea un dilema moral punzante: ¿cuál es la diferencia entre la justicia y la venganza cuando el sistema legal internacional aún no ha procesado la magnitud del Holocausto? Los soldados de la brigada se convierten en jueces y ejecutores en la sombra, enfrentándose a la frialdad de quienes ejecutaron el horror y a su propia deshumanización en el proceso.
El segundo acto, TTG, traslada el foco hacia los campos de desplazados y la organización del transporte de supervivientes. Las siglas corresponden a *Tilhas Tizig Ghesh*, un nombre ficticio utilizado por una red de transporte clandestina. En esta etapa, el cómic explora el choque emocional de los soldados al encontrarse cara a cara con los "esqueletos vivientes" de los campos de concentración. La narrativa se vuelve más íntima y dolorosa, mostrando la dificultad de los supervivientes para reintegrarse en un mundo que parece querer olvidar demasiado rápido. La labor de la Brigada Judía se transforma: ya no solo se trata de castigar al culpable, sino de rescatar y dar esperanza a las víctimas, desafiando a menudo las órdenes de sus propios mandos británicos.
El cierre de la trilogía, Hatikvah (La Esperanza), aborda el complejo tránsito hacia Palestina. La historia se desplaza hacia los puertos del Mediterráneo, donde miles de refugiados intentan burlar el bloqueo naval británico para llegar a lo que consideran su hogar ancestral. Aquí, el cómic adquiere un tinte de thriller político y de espionaje, detallando las tensiones entre los antiguos aliados y el surgimiento de los movimientos de resistencia sionista. Marvano no cae en el panfleto ideológico; muestra con honestidad las fracturas internas, los sacrificios personales y la amargura de una victoria que no trajo la paz definitiva, sino el inicio de un nuevo y eterno conflicto.
Visualmente, Marvano emplea un estilo heredero de la línea clara, pero dotado de una sobriedad y un realismo documental impresionantes. Su dibujo es limpio, preciso en la representación de uniformes, vehículos y escenarios europeos en ruinas, lo que refuerza la sensación de veracidad histórica. El uso del color es fundamental para establecer la atmósfera: tonos apagados, grises y ocres que transmiten el cansancio de una Europa agotada y el peso del luto.
La Brigada Judía es, en definitiva, una obra esencial para entender las cicatrices del siglo XX. Sin recurrir a florituras sentimentales ni a la acción gratuita, Marvano logra que el lector reflexione sobre la memoria, el deber y la delgada línea que separa al soldado del justiciero. Es un cómic que no solo narra hechos, sino que interroga a la historia, recordándonos que el fin de una guerra es, a menudo, el comienzo de otra lucha mucho más silenciosa y personal.