Kogaratsu es una de las obras más sólidas y respetadas dentro del género del cómic histórico europeo, específicamente en la vertiente del *jidaigeki* o drama de época japonés. Creada en 1983 por el guionista Bosse (Serge Bosmans) y el dibujante Michetz (Marc Degroide) para la revista *Spirou*, la serie se aleja de los tópicos superficiales del género para ofrecer una visión cruda, melancólica y profundamente documentada del Japón feudal.
La narrativa se sitúa en el siglo XVII, un periodo de transición marcado por el fin de las grandes guerras civiles y el inicio de la consolidación del shogunato Tokugawa. El protagonista es Nakamura Kogaratsu, un samurái de gran habilidad que, debido a los avatares políticos y las tragedias personales inherentes a su casta, termina convirtiéndose en un *ronin*: un guerrero sin amo que vaga por una tierra donde el honor es una moneda de cambio tan valiosa como peligrosa.
A diferencia de otros héroes del noveno arte, Kogaratsu no es un personaje invulnerable ni un idealista inquebrantable. Es un hombre atrapado entre la rigidez del código *bushido* y la realidad pragmática de un mundo violento. La serie no se estructura como una única epopeya lineal, sino como una sucesión de álbumes que funcionan como relatos autoconclusivos o arcos cortos, permitiendo explorar diferentes facetas de la sociedad japonesa: desde las intrigas en las cortes de los daimyos hasta la miseria de los campesinos y el misticismo de los templos de montaña.
El guion de Bosse destaca por su sobriedad. No abusa de los textos explicativos, permitiendo que las acciones y los silencios definan a los personajes. Los conflictos suelen ser morales y existenciales: ¿qué significa ser un guerrero cuando no hay una guerra justa que luchar? ¿Cómo mantener la integridad en un entorno de traición constante? Kogaratsu se enfrenta a dilemas donde a menudo no hay una solución correcta, solo una menos deshonrosa.
Sin embargo, el elemento que eleva a *Kogaratsu* a la categoría de obra maestra es el apartado gráfico de Michetz. El dibujante belga, un apasionado confeso de la cultura nipona, despliega un nivel de detalle y autenticidad técnica asombroso. Su trazo evoluciona desde un estilo más clásico en los primeros números hacia un dibujo mucho más atmosférico, donde el uso de las sombras, la composición de las páginas y el ritmo cinematográfico remiten directamente a la estética de directores como Akira Kurosawa o Masaki Kobayashi.
La precisión en la representación de las armaduras, las katanas, la arquitectura y el paisaje japonés es fruto de una investigación exhaustiva. Michetz no solo dibuja samuráis; captura el movimiento del cuerpo, la tensión de un duelo que se resuelve en un segundo y la quietud de la naturaleza, que a menudo actúa como un personaje más, reflejando el estado interno del protagonista. El tratamiento del color, especialmente en las etapas de madurez de la serie, refuerza esa sensación de realismo sucio y elegancia trágica.
En resumen, *Kogaratsu* es una obra imprescindible para entender la maduración del cómic franco-belga hacia temas más adultos y específicos. Es un estudio sobre la soledad, el peso de la tradición y la decadencia de una clase social. A través de los ojos de Nakamura, el lector no solo presencia combates coreografiados con maestría, sino que se sumerge en una reflexión sobre la condición humana en un contexto donde la vida vale menos que el filo de una espada. Es, en definitiva, un cómic que exige una lectura pausada para apreciar tanto su profundidad filosófica como su virtuosismo visual.