Kill Or Be Killed, la obra maestra de Ed Brubaker y Sean Phillips, con el color de Elizabeth Breitweiser, es una de las deconstrucciones más crudas y sofisticadas del mito del vigilante en la historia del cómic contemporáneo. Publicada bajo el sello Image Comics, esta serie de 20 números se aleja de las fantasías de poder habituales del género para ofrecer un thriller psicológico y criminal que explora las consecuencias reales, tanto físicas como mentales, de la violencia autoinfligida y ejercida sobre otros.
La premisa se centra en Dylan, un estudiante universitario deprimido, cínico y socialmente aislado que vive en una Nueva York sombría y decadente. La vida de Dylan es una espiral de apatía y desesperación, marcada por un amor no correspondido hacia su mejor amiga y una sensación de inutilidad existencial. Tras un intento de suicidio fallido que debería haber sido letal, Dylan sobrevive milagrosamente, pero su supervivencia tiene un precio aterrador. Una entidad demoníaca se le aparece con una oferta que no puede rechazar: para seguir viviendo, Dylan debe matar a una persona "mala" cada mes. Si no cumple con su cuota de sangre, morirá.
A partir de este pacto fáustico, la narrativa se despliega en dos frentes paralelos. Por un lado, seguimos el descenso de Dylan a la criminalidad. A diferencia de los héroes de acción tradicionales, Dylan no posee entrenamiento militar ni habilidades especiales. Sus primeros intentos de cumplir con su "contrato" son torpes, caóticos y están cargados de un realismo sucio que subraya la fealdad del asesinato. El cómic detalla meticulosamente la logística del vigilantismo: la obtención de armas ilegales, el reconocimiento de objetivos, el uso de máscaras improvisadas y la constante paranoia de ser capturado por la policía o por las organizaciones criminales en las que, sin querer, termina interfiriendo.
Por otro lado, el núcleo de la obra es la ambigüedad psicológica. Brubaker utiliza una narrativa en primera persona, a través de los pensamientos de Dylan, para cuestionar constantemente la realidad de lo que estamos viendo. ¿Es el demonio una entidad sobrenatural real o es una manifestación de una psicosis aguda provocada por el trauma y la depresión? Esta duda impregna cada página, transformando el cómic en un estudio sobre la salud mental y la racionalización de la violencia. Dylan comienza a justificar sus actos bajo una pátina de justicia social, convenciéndose de que está limpiando las calles de individuos que el sistema legal ignora, pero el guion nunca permite que el lector se sienta cómodo con esta premisa.
El apartado visual de Sean Phillips es fundamental para establecer esta atmósfera de "noir" moderno. Su dibujo es denso, detallado y utiliza las sombras no solo como un recurso estético, sino como una representación del estado mental del protagonista. La Nueva York de Phillips no es la ciudad de los rascacielos brillantes, sino la de los callejones húmedos, los apartamentos desordenados y la luz mortecina de las farolas. El color de Elizabeth Breitweiser eleva el dibujo a otro nivel, utilizando paletas cromáticas que oscilan entre los tonos terrosos y fríos de la realidad cotidiana y los estallidos vibrantes y pesadillescos que acompañan las apariciones del demonio o los momentos de máxima violencia.
Kill Or Be Killed no es solo una historia sobre un asesino vigilante; es una crítica mordaz a la cultura de la indignación y a la fantasía masculina de arreglar el mundo mediante la fuerza. A medida que la trama avanza, las acciones de Dylan generan un efecto dominó que afecta a su entorno cercano, a la policía y a la mafia rusa, complicando la narrativa hasta convertirla en un juego de supervivencia donde las líneas entre el bien y el mal se borran por completo. Es una obra imprescindible que analiza qué sucede cuando una persona común decide, o se ve obligada, a tomar la justicia por su mano en un mundo que parece haber perdido el rumbo moral.