Kid Roney

En el vasto y a menudo nostálgico panteón de la historieta española, existen figuras que, aunque alejadas del estruendo de los superhéroes modernos o la épica de la fantasía oscura, poseen una humanidad y un ingenio que las hace inmortales. Una de estas joyas, fundamental para entender la evolución del humor gráfico en España, es Kid Roney, la creación más emblemática del maestro Cesc (Francesc Vila i Rufas). Como experto en el noveno arte, es un placer desglosar esta obra que, bajo una apariencia de sencillez, esconde una maestría narrativa y una sensibilidad social fuera de lo común.

Publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *TBO* a partir de la década de los 50, *Kid Roney* nos introduce en el mundo del boxeo, pero lo hace desde una perspectiva radicalmente distinta a la que nos tiene acostumbrados el género. Aquí no encontraremos la épica de *Rocky* ni la tragedia de *Million Dollar Baby*. En su lugar, Cesc nos ofrece una crónica costumbrista, teñida de un humor blanco pero inteligente, sobre la perseverancia y la dignidad en un entorno de precariedad.

La serie sigue las andanzas de su protagonista homónimo, Kid Roney, un boxeador de peso ligero (en todos los sentidos de la palabra) que personifica al eterno "underdog" o aspirante desfavorecido. Roney no es un atleta formidable; es un joven menudo, de rostro bondadoso y una ingenuidad casi infantil, que se enfrenta al cuadrilátero con más voluntad que pegada. Sin embargo, el verdadero corazón de la historieta reside en la dinámica con su inseparable entrenador y mánager, Perico.

Perico es el contrapunto perfecto: un hombre curtido, a menudo cínico y siempre buscavidas, que ve en Roney su billete hacia una prosperidad que siempre parece escapárseles de las manos. La relación entre ambos trasciende lo profesional para convertirse en una de las parejas cómicas más entrañables del tebeo clásico. Mientras Perico intenta orquestar combates, buscar patrocinadores imposibles o idear estrategias de entrenamiento disparatadas, Roney acepta su destino con una mezcla de resignación y optimismo inquebrantable.

Lo que realmente eleva a *Kid Roney* por encima de otros cómics de su época es el estilo artístico de Cesc. En un momento en que el dibujo en España tendía hacia el barroquismo o el detalle excesivo de la escuela de Bruguera, Cesc apostó por una estética vanguardista y minimalista. Su trazo es limpio, sintético y extremadamente expresivo. Con apenas unas líneas, Cesc es capaz de transmitir el cansancio de un entrenamiento, la tensión de un asalto o la melancolía de un vestuario vacío. Este estilo, que bebía directamente de las corrientes europeas más modernas, dotó a la serie de una elegancia visual que sigue pareciendo contemporánea décadas después.

La sinopsis de sus aventuras suele girar en torno a la preparación de un combate inminente. Acompañamos a la pareja por gimnasios polvorientos, barrios humildes y cuadriláteros improvisados. El conflicto nunca es la violencia del golpe, sino la situación absurda que rodea al deporte: desde un rival que resulta ser un gigante bondadoso hasta las distracciones mundanas que impiden a Roney concentrarse en su "gancho de izquierda". Es un boxeo de salón, una metáfora de la lucha diaria por la supervivencia en la España de la posguerra, pero tratada con una ternura que desarma al lector.

Sin caer en el *spoiler*, se puede decir que el encanto de *Kid Roney* radica en que el éxito no se mide en cinturones de campeón ni en trofeos de oro. El triunfo, para Roney y Perico, es llegar al final del día habiendo mantenido intacta su amistad y su ilusión por el próximo combate. Es una obra que celebra el fracaso con una sonrisa, recordándonos que, a veces, lo importante no es no caer, sino tener a alguien que te sujete la toalla cuando decides volver a levantarte.

Para cualquier estudioso del cómic o lector que busque una narrativa que combine el humor inteligente con un dibujo exquisito, *Kid Roney* es una parada obligatoria. Es el testimonio de un autor, Cesc, que entendió que la grandeza de las historias no reside en la magnitud de los eventos, sino en la verdad de los personajes que las habitan. Un clásico imprescindible que merece ser reivindicado y disfrutado por las nuevas generaciones.

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