KGB, la obra escrita por Valérie Mangin e ilustrada por Malo Kerfriden, se posiciona como una de las propuestas más intrigantes dentro del catálogo de la *bande dessinée* contemporánea, fusionando con precisión el rigor del thriller histórico con los elementos más oscuros del género fantástico y sobrenatural. Publicada originalmente bajo el sello Quadrants de Soleil, esta serie de cuatro álbumes transporta al lector a las entrañas de la Unión Soviética en un momento de cambio tectónico: los años posteriores a la muerte de Stalin.
La trama se sitúa en una Moscú gélida y paranoica, donde el deshielo de Jrushchov comienza a asomar, pero las estructuras de control del Estado siguen siendo tan implacables como siempre. El protagonista es Mikhail, un joven y prometedor agente del KGB, ferviente creyente en el materialismo dialéctico y en la superioridad del sistema soviético. Sin embargo, su carrera da un giro drástico cuando es asignado al Departamento K, una sección tan secreta que la mayoría de los altos mandos niegan su existencia.
El Departamento K no se dedica al contraespionaje convencional ni a la persecución de disidentes políticos. Su misión es investigar y contener fenómenos que la ciencia oficial del Estado califica de imposibles: manifestaciones sobrenaturales, reliquias con poderes inexplicables y entidades que desafían la lógica racionalista del comunismo. La premisa central del cómic explora la contradicción fundamental entre una ideología que niega la existencia de lo divino o lo demoníaco y la realidad de un mundo donde estas fuerzas son reales y, potencialmente, utilizables como armas de guerra.
A medida que Mikhail se adentra en sus investigaciones, la narrativa se aleja del procedimental estándar para convertirse en un descenso a los infiernos. El guion de Mangin evita los tropos habituales del terror gótico para anclar lo fantástico en la suciedad y el pragmatismo de la Guerra Fría. Aquí, los demonios no son solo criaturas de leyenda, sino activos que el Estado intenta burocratizar y controlar. La tensión no solo proviene de los encuentros con lo desconocido, sino de la lucha interna de Mikhail por reconciliar su fe en el Partido con las atrocidades metafísicas que presencia.
En el apartado visual, Malo Kerfriden realiza un trabajo excepcional de ambientación. Su dibujo, de corte realista y detallado, captura la arquitectura brutalista de Moscú, los interiores asfixiantes de las oficinas gubernamentales y la desolación de los paisajes rusos. El uso del color es fundamental: una paleta dominada por grises, ocres y rojos apagados refuerza la sensación de opresión constante. Cuando los elementos sobrenaturales irrumpen en la viñeta, lo hacen de forma disruptiva, rompiendo la monotonía visual con una violencia estética que subraya su naturaleza ajena al orden establecido.
Otro pilar de la obra es su contexto político. La serie no ignora las purgas, la corrupción interna ni la lucha de poder entre Beria y sus sucesores. El Departamento K es, en última instancia, una pieza más en el tablero de ajedrez de la geopolítica mundial. La búsqueda de objetos de poder oculto se presenta como una extensión de la carrera armamentística; si los estadounidenses buscan la bomba atómica, los soviéticos buscan el dominio sobre fuerzas primordiales que podrían inclinar la balanza definitivamente.
'KGB' destaca por no ofrecer respuestas fáciles ni caer en el maniqueísmo. Mikhail no es un héroe en el sentido tradicional, sino un hombre del sistema enfrentado a una verdad que lo desborda. La obra plantea preguntas incómodas sobre la naturaleza del poder y hasta dónde es capaz de llegar un Estado para mantener su hegemonía, incluso si eso implica pactar con aquello que oficialmente no existe. Es un cómic denso, atmosférico y profundamente inteligente que utiliza lo fantástico como un espejo para reflejar las sombras más reales de la historia del siglo XX.