Karolyn, la obra de Carlos Giménez, representa una incursión profunda y desencantada en el género de la ciencia ficción distópica por parte de uno de los maestros indiscutibles del cómic español. Publicada en una etapa de madurez creativa del autor, esta obra se aleja de la crónica costumbrista o autobiográfica que marcó hitos como *Paracuellos* o *Los Profesionales*, para situarse en un futuro indeterminado donde la civilización, tal como la conocemos, ha colapsado bajo el peso de sus propios errores.
La trama se sitúa en un mundo post-apocalíptico, un escenario recurrente en la literatura y el cine, pero que bajo la pluma de Giménez adquiere un matiz marcadamente social y pesimista. La protagonista que da nombre al cómic, Karolyn, es una joven que debe navegar por un entorno hostil, árido y moralmente devastado. En este contexto, la supervivencia no es solo una cuestión de encontrar recursos físicos como agua o comida, sino de preservar la integridad en un sistema donde la ley del más fuerte se ha impuesto de manera absoluta.
El punto de partida nos presenta una sociedad fragmentada, donde los restos de la humanidad se agrupan en comunidades precarias o vagan por páramos desolados. Giménez utiliza este escenario para realizar una disección de las estructuras de poder. A través de los ojos de Karolyn, el lector observa cómo las jerarquías se reconstruyen sobre la base de la explotación y el miedo. La protagonista se convierte en el eje de una odisea personal que es, al mismo tiempo, un retrato de la bajeza humana. Karolyn no es una heroína de acción en el sentido tradicional del género; es una superviviente cuya mayor arma es su determinación y su capacidad para entender la crueldad del mundo que la rodea sin dejarse corromper totalmente por él.
Narrativamente, el cómic se estructura como un viaje. Karolyn se desplaza por diferentes escenarios que sirven para mostrar distintas facetas de la degradación social: desde asentamientos donde impera el fanatismo religioso o militar, hasta zonas de anarquía total. En cada etapa, la joven se enfrenta a dilemas que ponen a prueba su ética. El autor evita los maniqueísmos fáciles; en el mundo de *Karolyn*, la línea entre víctimas y verdugos es a menudo difusa, y las decisiones suelen tomarse entre el mal menor y la aniquilación.
El apartado visual es fundamental para transmitir la atmósfera de la obra. Carlos Giménez emplea su característico estilo de dibujo, detallado y expresivo, pero aquí lo adapta para enfatizar la fealdad y la aspereza del entorno. El uso de las sombras y el entintado refuerza la sensación de opresión. Los rostros de los personajes, marcados por el cansancio y la desesperanza, son crónicas visuales de la miseria. El diseño de los escenarios, que mezclan restos de tecnología obsoleta con construcciones rudimentarias, ayuda a construir un mundo verosímil y asfixiante.
Uno de los temas centrales de la obra es la condición de la mujer en un entorno de colapso social. Giménez no elude la violencia ni la cosificación, mostrando de manera cruda cómo las estructuras patriarcales se exacerban cuando desaparecen las instituciones civiles. Karolyn debe lidiar constantemente con la amenaza de la violencia sexual y la dominación, lo que convierte su viaje en una lucha constante por la autonomía de su propio cuerpo y destino.
En conclusión, *Karolyn* es una obra que utiliza los códigos de la ciencia ficción para hablar de problemas universales y contemporáneos: la ambición desmedida, la fragilidad de la civilización y la persistencia de la crueldad humana. Es un cómic denso, que exige una lectura atenta y que no ofrece concesiones al lector que busque una evasión ligera. A través de su protagonista, Carlos Giménez nos entrega una reflexión amarga pero necesaria sobre hacia dónde podría dirigirse la humanidad si pierde su capacidad de empatía y justicia. Es, en esencia, un relato de resistencia en un mundo que ya no recuerda el significado de la palabra esperanza.