Juan Centella

En el vasto y a menudo inexplorado panteón del tebeo clásico español, existe una figura que brilla con luz propia, rescatando la esencia de la aventura más pura y el romanticismo del héroe enmascarado: Juan Centella. Creado por el magistral Pedro Alférez a mediados de la década de 1940, este personaje no es solo un hito de la historieta de posguerra, sino un símbolo de la lucha por la justicia en un entorno donde la ley es un concepto maleable y la opresión es la moneda de cambio.

La historia de Juan Centella nos transporta a los escenarios polvorientos y salvajes del Lejano Oeste, un territorio que, en la imaginación del lector español de la época, representaba la libertad última y el desafío constante. El protagonista es la encarnación del "justiciero solitario", un arquetipo que bebe directamente de fuentes literarias y cinematográficas como *El Zorro* o *The Lone Ranger*, pero que Alférez logra dotar de una personalidad distintiva y una elegancia visual que lo separa de sus contemporáneos.

Bajo la máscara de Juan Centella se esconde un hombre de principios inquebrantables. Aunque su identidad civil suele mantenerse en un segundo plano para dar prioridad a la acción, es su alter ego el que domina la narrativa. Centella es un jinete excepcional, un tirador infalible y un estratega que prefiere el ingenio a la violencia gratuita. Su misión es clara: proteger a los desvalidos, enfrentarse a los terratenientes corruptos y desarticular las bandas de forajidos que asolan la frontera. Sin embargo, lo que realmente eleva esta obra es cómo maneja la tensión entre el orden establecido y la justicia moral.

El contexto en el que se desarrolla la trama es fundamental. No estamos ante un Oeste idealizado y brillante, sino ante un mundo de contrastes, donde la belleza de los paisajes naturales choca con la crudeza de la ambición humana. Juan Centella se mueve entre saloons, ranchos asediados y desfiladeros peligrosos, siempre acompañado de su fiel caballo, convirtiéndose en una sombra que aparece justo cuando la esperanza parece perdida. La narrativa de los cuadernillos originales de la editorial Grafidea (y posteriormente otras reediciones) se caracteriza por un ritmo trepidante, donde cada entrega dejaba al lector en un clímax de suspense, técnica maestra del *cliffhanger* adaptada al formato del tebeo de aventuras.

Desde el punto de vista artístico, la obra es un festín para los amantes del dibujo clásico. Pedro Alférez, uno de los autores más dotados de su generación, despliega un estilo dinámico y expresivo. Sus composiciones de página rompen la rigidez de la época, utilizando encuadres cinematográficos que enfatizan el movimiento de las persecuciones a caballo y la tensión de los duelos al sol. El uso de las sombras y el contraste en el entintado no solo define la figura del héroe, sino que aporta una atmósfera casi de cine negro al género del western, dotando a la serie de una madurez visual sorprendente para su tiempo.

Juan Centella es, en definitiva, una pieza clave para entender la evolución del cómic en España. Representa esa era dorada donde el entretenimiento servía también como un refugio ético. El lector no solo buscaba la emoción de la pelea, sino la satisfacción de ver cómo el bien triunfaba sobre la tiranía, un mensaje poderoso en la España de los años 40 y 50. Sin necesidad de recurrir a grandes giros argumentales o revelaciones traumáticas, la serie se sostiene sobre la solidez de su protagonista y la calidad de sus aventuras autoconclusivas que, hiladas, forman un tapiz de heroísmo clásico.

Para el coleccionista o el nuevo lector que desee acercarse a esta obra, Juan Centella ofrece una experiencia de lectura nostálgica pero vibrante. Es un recordatorio de que, antes de los superhéroes modernos, existieron hombres enmascarados que, con un revólver y un ideal, cabalgaron por las páginas de papel barato para demostrar que nadie es tan poderoso como para estar por encima de la justicia. Una obra imprescindible

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