Josué de Nazareth, la obra magna de Enrique Jiménez Corominas, se erige como uno de los ejercicios de narrativa gráfica más ambiciosos y visualmente deslumbrantes del cómic español contemporáneo. Publicada originalmente a finales de los años noventa y recuperada en ediciones integrales posteriores, esta obra no es una simple traslación de los textos bíblicos al lenguaje de las viñetas, sino una reinterpretación humanista, histórica y profundamente estética de la figura de Jesús de Nazaret, despojada de los artificios del dogma para centrarse en la carne, el polvo y la agitación política de la Judea del siglo I.
Desde la primera página, Corominas establece una distancia clara con la hagiografía tradicional. El autor aborda el relato desde una perspectiva terrenal, donde lo divino se manifiesta más a través de la mirada de los otros y de la pesada carga del destino que mediante efectos sobrenaturales explícitos. La trama nos sitúa en un territorio convulso, una provincia periférica del Imperio Romano donde la tensión social es asfixiante. En este contexto, Josué no aparece como un icono estático, sino como un hombre de su tiempo, un galileo cuya presencia comienza a incomodar tanto a las autoridades religiosas locales como al poder administrativo de Roma.
El guion se estructura con un ritmo pausado pero implacable, centrándose en la construcción de una atmósfera de fatalidad inminente. Corominas explora la psicología de un protagonista que parece ser consciente del peso histórico que recae sobre sus hombros, mostrando sus dudas, su cansancio y su profunda conexión con el paisaje que lo rodea. La narrativa evita los lugares comunes del cine épico religioso para abrazar un realismo sucio y visceral. Aquí, los milagros o los eventos extraordinarios se narran con una ambigüedad que permite al lector interpretarlos desde la fe o desde la sugestión colectiva de un pueblo desesperado por un libertador.
Sin embargo, el elemento que eleva a Josué de Nazareth a la categoría de obra de culto es su apartado gráfico. Corominas, reconocido por su virtuosismo técnico, despliega un dominio absoluto de la acuarela y el dibujo detallista. Cada viñeta es una composición pictórica en sí misma, donde la luz juega un papel narrativo fundamental. El autor utiliza una paleta de colores terrosos, ocres y azules polvorientos que transportan al lector directamente al desierto de Judea. La textura de las rocas, el sudor en la piel de los personajes y el diseño de la arquitectura de Jerusalén están ejecutados con un rigor documental que dota a la obra de una verosimilitud asombrosa.
La caracterización de los personajes secundarios es otro de los pilares del cómic. Figuras como los apóstoles, María o los oficiales romanos no son meros figurantes, sino individuos con rostros cargados de expresividad y cansancio. Corominas huye de la belleza idealizada del Renacimiento para buscar una estética más cercana a lo antropológico; sus personajes tienen rasgos semíticos marcados, manos curtidas por el trabajo y ropajes desgastados por el sol y el viento. Esta decisión artística refuerza el tono de la obra: la historia de un hombre que camina entre hombres, en un mundo donde la política y la religión son hilos inseparables de una misma red opresiva.
El cómic también destaca por su capacidad para manejar el silencio. Hay secuencias extensas donde la palabra desaparece para dejar que sea el paisaje o la mirada de Josué la que comunique la trascendencia del momento. Esta economía de diálogos potencia el impacto de las reflexiones del protagonista, que se presentan de forma fragmentada, casi como pensamientos íntimos más que como sermones públicos.
En definitiva, Josué de Nazareth es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic de autor en España. Es una obra que exige una lectura atenta para apreciar la riqueza de sus matices y la profundidad de su propuesta visual. Corominas logra lo que pocos autores han conseguido: tomar uno de los relatos más conocidos de la humanidad y dotarlo de una frescura y una crudeza que lo hacen sentir nuevo, relevante y, por encima de todo, profundamente humano. Es un cómic que trasciende la temática religiosa para convertirse en un estudio sobre el individuo frente a la maquinaria del poder y la inevitabilidad del sacrificio.