Johnny Masco

Johnny Masco, la obra magna de Ata (Ataulfo Pérez Aznar), representa uno de los pilares más sólidos y, a la vez, más pantanosos del cómic underground español contemporáneo. Publicado bajo el sello de Autsaider Cómics, este volumen no es simplemente una recopilación de historietas, sino un manifiesto estético y narrativo que recupera la esencia de la "línea chunga" para elevarla a una categoría de culto absoluto. Para entender *Johnny Masco*, es necesario despojarse de prejuicios y sumergirse en un universo donde la suciedad, el surrealismo y el humor más negro se entrelazan de forma indisoluble.

El protagonista que da nombre a la obra es, en esencia, un antihéroe de barrio, un superviviente de las alcantarillas sociales que transita por un mundo que parece haberse detenido en una distopía de cuero, mugre y fluidos corporales. Johnny Masco no busca la redención ni el éxito; su existencia es una huida hacia adelante a través de situaciones que desafían cualquier lógica convencional. Ata construye a su personaje no como un modelo a seguir, sino como un catalizador de la fealdad y el absurdo que nos rodea, convirtiéndolo en un icono de la resistencia frente a la corrección política y el orden establecido.

Desde el punto de vista narrativo, el cómic se estructura en historias cortas, muchas de ellas publicadas originalmente en la mítica revista *TMEO*. Sin embargo, al leerlas en conjunto, se percibe una cohesión temática y atmosférica asombrosa. El guion de Ata no se apoya en giros argumentales complejos, sino en la fuerza de la situación y en la capacidad de choque. Cada página es un asalto visual donde lo escatológico y lo grotesco se utilizan no solo para provocar la risa nerviosa, sino para diseccionar las miserias de la condición humana. Hay una crítica feroz a las instituciones, a la religión, a la familia y a la propia estructura de la sociedad de consumo, pero siempre filtrada por un prisma de nihilismo lúdico.

El apartado gráfico es, sin duda, el elemento más distintivo de *Johnny Masco*. Ata posee un estilo abigarrado, denso y profundamente detallista que bebe directamente de los maestros del underground americano como Robert Crumb o Gilbert Shelton, pero con una identidad ibérica inconfundible. Su dibujo es "sucio" por elección, no por falta de técnica. Al contrario, el dominio del blanco y negro es magistral; el autor utiliza las tramas manuales y el entintado denso para crear texturas que casi se pueden oler. Las viñetas están saturadas de elementos: basura, moscas, manchas, personajes deformes y fondos que parecen cobrar vida propia. Esta saturación visual refuerza la sensación de claustrofobia y decadencia que impregna todo el relato.

A pesar de su apariencia caótica, hay una precisión quirúrgica en la composición de las páginas. Ata sabe exactamente cuándo dilatar el tiempo narrativo para enfatizar una situación absurda y cuándo acelerar el ritmo para culminar en un gag visual devastador. El diseño de personajes es otro de los puntos fuertes; Johnny, con su tupé inamovible y su chupa de cuero, se mueve entre una fauna de secundarios que parecen sacados de una pesadilla febril, pero que resultan extrañamente reconocibles en su patetismo.

*Johnny Masco* es también un ejercicio de libertad creativa absoluta. En un mercado editorial a menudo domesticado, este cómic se erige como un recordatorio de que el noveno arte puede ser peligroso, incómodo y profundamente libre. No hay concesiones al lector; Ata no busca agradar, busca impactar. La obra funciona como un espejo deformante que nos devuelve una imagen exagerada, pero honesta, de nuestras propias bajezas.

En conclusión, este volumen es una pieza indispensable para cualquier estudioso o aficionado al cómic que busque explorar los límites de la narrativa gráfica. Es una celebración de lo marginal, un festín de tinta y una de las muestras más puras de lo que significa hacer cómic de autor en los márgenes de la industria. *Johnny Masco* no se lee, se padece y se disfruta a partes iguales, dejando una marca indeleble en la retina de quien se atreve a abrir sus páginas. Es, en definitiva, el testamento de un autor que entiende que, a veces, para encontrar la verdad, hay que rebuscar en el cubo de la basura.

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