En el vasto y colorido tapiz del cómic español de los años 80, una década marcada por la eclosión del "boom" del cómic adulto y la experimentación narrativa, surge una figura que brilla con la elegancia de los clásicos y la frescura de la modernidad: Jim Diamont. Creado por el maestro valenciano Daniel Torres, este personaje no es solo un protagonista de aventuras, sino una declaración de amor al noveno arte y a la época dorada de las tiras de prensa norteamericanas.
La obra nos transporta a una era de horizontes abiertos y peligros exóticos. Jim Diamont es el arquetipo del aventurero de mediados del siglo XX: un hombre de acción, de mandíbula cuadrada y mirada serena, cuya brújula moral parece tan inquebrantable como su determinación. Sin embargo, lo que diferencia a esta obra de sus referentes directos (como el *Terry y los piratas* de Milton Caniff o el *Steve Canyon*) es la sofisticación visual y el filtro irónico, casi melancólico, con el que Torres observa el pasado.
La sinopsis nos sitúa en un mundo donde la aventura acecha tras cada esquina de una ciudad cosmopolita o en la espesura de una selva inexplorada. Jim Diamont se ve envuelto en una serie de peripecias que lo llevan a recorrer el globo, enfrentándose a organizaciones secretas, villanos de una elegancia letal y misterios que desafían la lógica cotidiana. La narrativa no se detiene únicamente en la acción física; se deleita en la atmósfera. Los muelles neblinosos, los aeródromos donde los hidroaviones descansan sobre aguas tranquilas y los clubes nocturnos llenos de humo de cigarrillo son escenarios tan importantes como el propio héroe.
Desde el punto de vista artístico, *Jim Diamont* es una de las cumbres de la denominada "Nueva Escuela Valenciana" y de la línea clara española. Daniel Torres despliega un dibujo de una limpieza asombrosa, donde cada línea tiene una función precisa y cada composición de página busca el equilibrio perfecto. El diseño de producción es meticuloso: desde la arquitectura racionalista de los edificios hasta el diseño industrial de los automóviles y aviones, todo está recreado con una fidelidad que transporta al lector a una realidad paralela donde la estética es ley.
El cómic funciona como un mecanismo de relojería suizo. Las tramas, aunque respetan los tropos del género —la búsqueda de un objeto perdido, la resolución de un enigma ancestral o el rescate de un aliado en apuros—, están impregnadas de una sensibilidad contemporánea. Torres juega con el ritmo cinematográfico, utilizando planos secuencia y encuadres que demuestran su dominio del lenguaje visual. No hay espacio para el trazo sucio o la improvisación; en el mundo de Jim Diamont, la belleza formal es el vehículo para la emoción.
Para el lector que se acerque por primera vez a sus páginas, *Jim Diamont* ofrece una experiencia inmersiva. Es un viaje a un tiempo que nunca existió del todo, pero que todos reconocemos en nuestro imaginario colectivo. Es la aventura entendida como una de las bellas artes. La obra invita a perderse en sus detalles, a disfrutar del contraste entre la luz mediterránea que Torres imprime a sus páginas y las sombras del cine negro que alargan sus tramas.
En conclusión, *Jim Diamont* es mucho más que un tebeo de aventuras. Es un ejercicio de estilo, un homenaje respetuoso pero audaz a los maestros del pasado y, por encima de todo, un testimonio del talento de Daniel Torres para construir mundos. Es una lectura imprescindible para quienes buscan en el cómic no solo una historia fascinante, sino una lección de elegancia visual y narrativa. Sin necesidad de recurrir a giros efectistas