Jeronimo

En el vasto y a menudo ruidoso panorama del noveno arte contemporáneo, existen obras que no necesitan de grandes explosiones ni de héroes con capa para sacudir los cimientos del lector. "Jeronimo", la magistral colaboración entre el guionista Christophe Dabitch y el dibujante Jean-Denis Pendanx, es precisamente uno de esos tesoros literarios. Publicada bajo el prestigioso sello francés Futuropolis, esta novela gráfica se erige como un monumento a la introspección, la libertad individual y la tensa relación entre el hombre y la sociedad moderna.

Como experto en narrativa secuencial, puedo afirmar que "Jeronimo" no es solo un cómic; es una experiencia sensorial y filosófica. La trama nos presenta a Jerónimo, un hombre que, en un punto de inflexión vital, decide romper con las cadenas invisibles de la productividad, el consumo y las expectativas sociales. No es una huida cobarde, sino una búsqueda valiente. El protagonista opta por el camino del vagabundeo, convirtiéndose en un "fuera de lugar" por elección propia, un hombre que camina por los márgenes de un mundo que parece haber olvidado cómo respirar.

La sinopsis nos sitúa en el inicio de este viaje errante. Jerónimo abandona la ciudad, ese ente gris y asfixiante, para adentrarse en la Francia rural y profunda, pero también en los rincones más recónditos de su propia psique. A lo largo de las páginas, lo acompañamos en sus encuentros fortuitos con otros personajes que, al igual que él, habitan las periferias de la normalidad: desde trabajadores estacionales hasta almas perdidas que han encontrado en la soledad su único refugio. Cada interacción es una lección de humanidad, despojada de artificios y cargada de una honestidad brutal.

Lo que hace que "Jeronimo" destaque por encima de otras obras de temática similar es la simbiosis perfecta entre guion y dibujo. Christophe Dabitch construye una narrativa pausada, donde el silencio tiene tanto peso como el diálogo. No hay prisa por llegar a ninguna parte, porque el viaje en sí es el destino. El guion nos invita a reflexionar sobre conceptos tan universales como la propiedad, la identidad y el paso del tiempo, pero lo hace sin caer en el sermón moralista. Jerónimo no intenta convencer a nadie; simplemente *es*.

Por su parte, el arte de Jean-Denis Pendanx es, sencillamente, sobrecogedor. Con un estilo que bebe del impresionismo y una paleta de colores terrosos, ocres y azules profundos, Pendanx logra que el lector sienta el frío de la mañana en el campo, el olor a tierra mojada y el cansancio en los huesos del protagonista. Sus pinceladas son orgánicas, vivas; parece que el viento realmente sopla a través de las viñetas. La expresividad de los rostros y la majestuosidad de los paisajes convierten cada página en una pieza de arte que invita a la contemplación detenida.

Desde un punto de vista técnico, la obra juega magistralmente con el ritmo. Hay secuencias de varias páginas donde apenas sucede nada externo, pero donde el mundo interior de Jerónimo se despliega ante nosotros con una fuerza arrolladora. Es un cómic que exige una lectura lenta, casi meditativa, alejándose del consumo rápido de la cultura actual.

En conclusión, "Jeronimo" es una obra imprescindible para cualquier amante del cómic europeo de autor. Es un canto a la resistencia silenciosa, una oda a la naturaleza y un recordatorio de que, a veces, perderse es la única manera de encontrarse. Sin necesidad de giros de guion efectistas ni de resoluciones edulcoradas, Dabitch y Pendanx nos entregan un retrato humano conmovedor que permanece en la memoria mucho tiempo después de haber cerrado el libro. Si buscas una lectura que te haga cuestionar tu lugar en el mundo mientras te deleitas con un apartado visual de primer nivel, "Jeronimo" es, sin duda, tu próxima parada obligatoria. Una joya del realismo social y poético que redefine lo que una novela gráfica puede llegar a transmitir.

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