Ibicus

*Ibicus*, la obra maestra del autor francés Pascal Rabaté, es una de las adaptaciones literarias más ambiciosas y logradas en la historia del noveno arte. Basada en la novela homónima de Alekséi Nikoláyevich Tolstói (no confundir con León Tolstói), este cómic se erige como un fresco histórico monumental que disecciona la bajeza y la resiliencia del espíritu humano frente al colapso de una civilización. Publicada originalmente en cuatro volúmenes entre 1998 y 2001, la obra narra el descenso a los abismos y el posterior vagabundeo de un antihéroe absoluto a través de una Rusia devastada por la guerra y la revolución.

La trama se sitúa en 1917, en los estertores del régimen zarista. El protagonista es Simeón Nevzorov, un contable mediocre, gris y carente de escrúpulos que vive una existencia anodina en San Petersburgo. Su vida cambia radicalmente tras el encuentro con una vidente que le profetiza un destino extraordinario: vivirá aventuras increíbles, acumulará riquezas inmensas y su camino estará guiado por "Ibicus", un cráneo parlante que simboliza tanto la muerte como la fortuna. Poco después, el estallido de la Revolución Rusa actúa como el catalizador que arranca a Nevzorov de su inercia.

A partir de este punto, el cómic se transforma en una odisea picaresca de tintes trágicos. Nevzorov no es un héroe, ni siquiera un villano con principios; es un superviviente amoral, un camaleón social capaz de cualquier bajeza para salvar el pellejo o ganar unos rublos. A medida que el país se sumerge en el caos de la Guerra Civil entre el Ejército Rojo y el Ejército Blanco, el protagonista transita por todos los estratos de la sociedad en descomposición. Se convierte en asesino por oportunidad, en especulador, en proxeneta y en aristócrata impostor, adaptándose con una agilidad pasmosa a las cambiantes mareas políticas y militares.

El periplo de Nevzorov lo lleva desde las calles ensangrentadas de Moscú hasta las costas del Mar Negro, pasando por la decadencia de Constantinopla y, finalmente, el exilio en un París que ignora las cicatrices de los refugiados rusos. A través de sus ojos, el lector presencia el hambre, la ejecución sumaria, el juego clandestino y la pérdida total de la dignidad humana. Rabaté utiliza la figura de este "hombre sin atributos" para mostrar cómo las grandes convulsiones históricas no solo forjan mártires, sino que también permiten que los parásitos más oportunistas prosperen entre las ruinas.

Visualmente, *Ibicus* es una exhibición de virtuosismo técnico. Rabaté abandona la línea clara para sumergirse en un estilo expresionista basado en el uso magistral de la aguada y el pincel. El dibujo, realizado íntegramente en blanco y negro con una escala de grises rica y atmosférica, captura la suciedad, el frío y la desesperación de la época. Cada viñeta parece vibrar con una energía nerviosa; los rostros son caricaturescos pero profundamente humanos, capaces de transmitir una codicia grotesca o un miedo paralizante con apenas unos trazos de tinta china.

La narrativa visual es fluida y cinematográfica, alternando secuencias de una violencia cruda con momentos de una ironía mordaz. Rabaté no juzga a su protagonista, sino que lo observa con una distancia casi entomológica, permitiendo que sea el lector quien se horrorice o se maraville ante la capacidad de Nevzorov para salir indemne de situaciones donde cualquier persona con conciencia habría perecido.

En conclusión, *Ibicus* es mucho más que la crónica de un superviviente. Es un estudio sobre la identidad y la vacuidad del éxito material en un mundo que se desmorona. La obra de Rabaté destaca por su capacidad para equilibrar el rigor histórico con una narrativa vibrante, convirtiendo una novela rusa de principios del siglo XX en un cómic contemporáneo imprescindible que explora los rincones más oscuros de la condición humana sin perder nunca el pulso del entretenimiento más puro y descarnado.

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