Hombrecito

Hombrecito, la obra gestada por la experimentada dupla argentina conformada por el guionista Diego Agrimbau y el dibujante Gabriel Ippóliti, se erige como una de las piezas más fascinantes y asfixiantes de la narrativa gráfica contemporánea. Publicada originalmente por la editorial Hotel de las Ideas (Argentina) y Ponent Mon (España), esta novela gráfica se inscribe en la tradición de la ciencia ficción distópica, pero lo hace desde una perspectiva arquitectónica y sociológica que la distingue de los tropos habituales del género.

La premisa de la obra nos sitúa en un mundo que ha quedado reducido a una única estructura: El Edificio. No existe el "afuera", o al menos no en la memoria colectiva de quienes habitan sus pasillos, conductos y niveles. En este universo vertical, la existencia humana está rígidamente estratificada por la altura. Los niveles inferiores, sumidos en la penumbra, el hacinamiento y la precariedad industrial, albergan a las clases trabajadoras y a los marginados, mientras que los niveles superiores, bañados por una luz artificial que emula el sol, son el refugio de una élite decadente y tecnocrática.

El protagonista, que da nombre a la obra, es un hombre de estatura inusualmente pequeña, incluso para los estándares de los niveles bajos. Su condición física no es solo un rasgo biológico, sino una metáfora de su insignificancia dentro del engranaje sistémico del Edificio. Hombrecito sobrevive desempeñando tareas de mantenimiento en las zonas más recónditas y peligrosas de la estructura, moviéndose por espacios donde otros no caben. Su vida es una rutina de supervivencia gris hasta que un encargo inusual lo obliga a iniciar un ascenso físico y simbólico a través de las diferentes capas de esta sociedad compartimentada.

El guion de Agrimbau destaca por su capacidad para construir un *world-building* sólido sin recurrir a extensos bloques de texto explicativo. La información se dosifica a través de la interacción del protagonista con el entorno y con los diversos personajes que encuentra en su camino: burócratas obsesionados con el protocolo, operarios alienados y figuras místicas que han desarrollado religiones en torno a la estructura misma del Edificio. La narrativa explora temas profundos como la lucha de clases, la deshumanización producida por el entorno urbano y la búsqueda de la identidad en un sistema que solo ve números y funciones.

En el apartado visual, Gabriel Ippóliti realiza un trabajo magistral que es fundamental para la inmersión del lector. Su estilo, caracterizado por un realismo detallado y un uso inteligente de las sombras, logra transmitir la escala monumental y, a la vez, claustrofóbica de la megaconstrucción. La arquitectura no es un simple fondo; es un personaje más. Ippóliti utiliza perspectivas forzadas y encuadres verticales que enfatizan la opresión del espacio. El diseño de los niveles bajos es sucio, cargado de tuberías, cables y metal oxidado, mientras que los niveles superiores presentan una estética más limpia pero igualmente fría y desalmada. El color juega un papel narrativo crucial, marcando la transición entre las diferentes atmósferas térmicas y sociales del ascenso.

Lo que hace que Hombrecito sea una lectura imprescindible para cualquier aficionado al cómic adulto es su capacidad para generar una atmósfera de extrañeza constante. Es una odisea vertical que recuerda a las pesadillas burocráticas de Kafka, pero con la estética de la ciencia ficción europea de los años 80, pasada por el tamiz de la sensibilidad rioplatense. La obra no ofrece respuestas fáciles ni una épica de héroe tradicional; en su lugar, propone una reflexión sobre los límites de la libertad individual frente a estructuras de poder que parecen infinitas e inamovibles.

En definitiva, Hombrecito es un cómic sobre la escala humana frente a la desmesura del progreso. Es una historia de descubrimiento y resistencia silenciosa que utiliza la metáfora del edificio para diseccionar las desigualdades de nuestro propio mundo. Una obra compacta, visualmente impactante y narrativamente ambiciosa que confirma a Agrimbau e Ippóliti como una de las parejas creativas más sólidas del panorama internacional.

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