Historias de taberna (frecuentemente citada como *Historias del bar*) es una de las cumbres indiscutibles de la historieta adulta en español, fruto de la colaboración entre dos gigantes del medio: el guionista Carlos Trillo y el dibujante Horacio Altuna. Publicada originalmente a finales de los años 70 y principios de los 80 en revistas como *Humor* (Argentina) y *1984* (España), esta obra se erige como un catálogo magistral de la condición humana, utilizando un escenario tan cotidiano como universal: el mostrador de un bar.
La premisa narrativa es de una sencillez engañosa. Cada relato comienza y termina en una taberna urbana, un espacio que funciona como un microcosmos donde convergen la soledad, el deseo, la frustración y la fantasía. El hilo conductor es la figura del barman, un espectador silencioso y casi espectral que escucha las confesiones de los parroquianos o presencia los dramas que se desencadenan entre las mesas. Este barman no juzga; es el depositario de los secretos de una ciudad que nunca duerme y que, a menudo, devora a sus habitantes.
Desde el punto de vista del guion, Carlos Trillo despliega una capacidad asombrosa para la síntesis. En apenas unas pocas páginas, es capaz de presentar personajes complejos y redondos, dotándolos de una voz propia y una historia de fondo que el lector percibe de inmediato. Los relatos oscilan entre el realismo más crudo y un surrealismo onírico que bordea lo fantástico. Trillo explora temas como la alienación urbana, el fracaso matrimonial, las ambiciones rotas y la búsqueda desesperada de afecto. Hay una ironía punzante en cada entrega, una melancolía que impregna el ambiente y que convierte al bar en un confesionario laico donde la redención rara vez llega.
En el apartado visual, Horacio Altuna alcanza en esta obra una madurez técnica prodigiosa. Su dominio del blanco y negro es absoluto, utilizando el claroscuro no solo para definir volúmenes, sino para establecer la atmósfera emocional de cada relato. El humo de los cigarrillos, el brillo de los vasos, el desgaste de la madera y las sombras alargadas de la noche están representados con un nivel de detalle que sumerge al lector en una experiencia sensorial. Altuna es un maestro de la fisonomía; sus personajes no son meros dibujos, sino seres de carne y hueso cuyas arrugas, ojeras y gestos narran tanto o más que los propios diálogos. Aunque es célebre por su capacidad para dibujar la belleza, en *Historias de taberna* destaca su habilidad para retratar la fealdad cotidiana y la decadencia con una dignidad estética sobrecogedora.
La estructura de la obra permite una lectura fragmentada, pero su impacto es acumulativo. A medida que avanzan las historias, el bar deja de ser un simple lugar de paso para convertirse en un limbo donde el tiempo parece detenerse. Los clientes son, en su mayoría, "perdedores" en el sentido existencial del término: individuos que buscan en el alcohol o en la charla con un extraño una vía de escape a una realidad que les resulta hostil o indiferente. Sin embargo, Trillo y Altuna evitan caer en el cinismo fácil, tratando a sus criaturas con una mezcla de piedad y crudeza que otorga a la obra una profundidad filosófica inusual en el cómic de la época.
*Historias de taberna* no es solo un ejercicio de género negro o costumbrismo urbano; es una disección sociológica de una época de cambios, marcada por la incertidumbre y la búsqueda de identidad. La obra trasciende su contexto histórico para volverse atemporal, recordándonos que, mientras existan barras de bar y personas dispuestas a contar sus penas, habrá historias que merezcan ser dibujadas. Es, en definitiva, una pieza esencial para entender la evolución narrativa del noveno arte, donde la maestría técnica y la agudeza literaria se funden para crear un retrato inolvidable de la humanidad en sus horas más bajas.