La novela gráfica 'Hindenburg', creada por la dupla chilena compuesta por el guionista Francisco Ortega y el dibujante Gonzalo Martínez, representa uno de los hitos más ambiciosos de la narrativa gráfica latinoamericana contemporánea. Publicada como una suerte de continuación temática y estética de su éxito previo, *'1899'*, esta obra se sumerge en los terrenos de la ucronía y el thriller histórico para reinterpretar uno de los desastres más icónicos del siglo XX: la explosión del dirigible LZ 129 Hindenburg en 1937.
La historia se sitúa en un mayo de 1937 alternativo, pero profundamente anclado en la realidad geopolítica de la época. El Hindenburg no es solo una maravilla de la ingeniería aeronáutica, sino el símbolo máximo del poderío del Tercer Reich, una catedral flotante de duraluminio y tela que cruza el Atlántico conectando la Alemania nazi con los Estados Unidos. Sin embargo, bajo el lujo de sus salones y la aparente invulnerabilidad de su estructura, se gesta una trama de espionaje y conspiración que trasciende las fronteras nacionales.
El guion de Ortega se aleja de la simple crónica de un accidente anunciado para construir un relato de suspense político. La trama sigue a un grupo de personajes —con un fuerte componente de protagonistas chilenos, marca de la casa de los autores— que se ven envueltos en una misión secreta. El viaje desde Frankfurt hacia la estación aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, se convierte en una olla a presión donde convergen agentes secretos, científicos con conocimientos peligrosos y figuras que operan en las sombras de la historia oficial. La premisa central sugiere que lo ocurrido en Nueva Jersey no fue un simple error técnico o un fenómeno atmosférico, sino el resultado de una partida de ajedrez global donde Chile juega un papel inesperado y determinante.
Desde el punto de vista narrativo, 'Hindenburg' destaca por su manejo del ritmo. Ortega utiliza el espacio confinado del dirigible para generar una atmósfera claustrofóbica, a pesar de la inmensidad del cielo. La estructura del cómic alterna entre la tensión de los diálogos en los camarotes y la espectacularidad de las maniobras de vuelo, manteniendo siempre al lector en la incertidumbre sobre quiénes son los aliados y quiénes los saboteadores. La obra juega constantemente con la "metahistoria", ese concepto tan querido por Ortega donde los mitos, la tecnología olvidada y los secretos de Estado se entrelazan para ofrecer una versión alternativa de nuestro pasado.
En el apartado visual, el trabajo de Gonzalo Martínez es fundamental para la inmersión del lector. Su estilo, caracterizado por una línea clara, elegante y un rigor histórico envidiable, logra reconstruir con precisión milimétrica los interiores del dirigible: desde el comedor con su piano de aluminio hasta la complejidad de la estructura interna de las celdas de gas. Martínez utiliza una paleta de colores y un entintado que evocan la estética del cine clásico y las ilustraciones de la década de los 30, lo que refuerza la sensación de estar ante un documento histórico recuperado. La escala del Hindenburg está magistralmente representada, contrastando la fragilidad humana con la monumentalidad de la máquina.
Sin caer en el spoiler, es importante señalar que la obra no se limita a la tragedia final. El cómic explora las implicaciones