La traslación del universo de *Highlander* al noveno arte ha permitido explorar rincones de la mitología de los Inmortales que el cine y la televisión apenas pudieron esbozar. El cómic "Highlander: El último de los inmortales" (principalmente bajo la cabecera de Dynamite Entertainment y con guiones de autores como Brandon Jerwa y Michael Avon Oeming) se erige como una pieza fundamental para entender la cronología de Connor MacLeod, situándose como un puente narrativo y una expansión del canon original de la película de 1986.
La trama se aleja de la estructura lineal para abrazar la dualidad temporal que define a la franquicia. El cómic nos sitúa en dos frentes principales: el presente (relativo a la época de la película original, los años 80 en Nueva York) y diversos periodos históricos que forjaron la identidad del protagonista. La premisa central gira en torno a las consecuencias directas del enfrentamiento de Connor contra el Kurgan. Sin embargo, lejos de ser un simple epílogo, la obra profundiza en la naturaleza de la "Transferencia" (The Quickening) y en cómo la esencia de los caídos puede afectar a quienes sobreviven.
El guion explora un concepto fascinante: el "Cold Quickening" (la Transferencia Fría). Tras la derrota de un mal tan puro como el Kurgan, Connor MacLeod no solo recibe su poder, sino también una oscuridad residual que amenaza con corromperlo. Esta lucha interna sirve como motor psicológico de la historia, alejando al personaje del arquetipo de héroe invulnerable para mostrarlo como un hombre atormentado por siglos de pérdidas y por la carga metafísica de su condición.
A nivel narrativo, el cómic utiliza los *flashbacks* no solo como contexto histórico, sino como piezas de un rompecabezas que explican amenazas presentes. Viajamos desde las Tierras Altas de Escocia en el siglo XVI hasta la convulsa Europa de la Segunda Guerra Mundial y la Unión Soviética de los años 60. En estos saltos temporales, se nos presenta a personajes secundarios de gran calado, tanto aliados como otros Inmortales que han sabido jugar sus cartas en las sombras durante siglos, evitando el "Juego" principal pero influyendo en el destino de la humanidad.
El apartado visual es clave para diferenciar estas épocas. El dibujo se adapta a la atmósfera de cada periodo, utilizando paletas de colores que contrastan la suciedad y el neón del Nueva York ochentero con la crudeza de los campos de batalla históricos. Las secuencias de combate con espadas están coreografiadas con un dinamismo que aprovecha las posibilidades de la viñeta, permitiendo ver detalles técnicos de esgrima que en el cine a veces quedan diluidos por el montaje.
Un punto fuerte de esta obra es el tratamiento de los Vigilantes (The Watchers). El cómic expande su *lore*, mostrando la complejidad de esta organización secreta encargada de observar y registrar la vida de los Inmortales sin intervenir. La tensión entre el deber de observar y la tentación de actuar añade una capa de intriga política y conspirativa que enriquece el trasfondo de la lucha eterna por "El Premio".
"Highlander: El último de los inmortales" no se limita a repetir la fórmula de "solo puede quedar uno". Se centra en el peso de la inmortalidad, en la soledad del que no puede morir y en la responsabilidad de portar el legado de aquellos a quienes se ha derrotado. Es una obra que respeta profundamente el material original pero que se atreve a cuestionar las reglas del Juego, ofreciendo una visión más madura y expansiva de Connor MacLeod. Para el lector, representa la oportunidad de ver cómo los hilos del destino de un clan escocés se entrelazan con la historia secreta del mundo, manteniendo viva la llama de una mitología donde el tiempo es, a la vez, el mejor aliado y el peor enemigo.