Hazañas Belicas (1996)

Hablar de Hazañas Bélicas es invocar uno de los pilares fundamentales de la historia del noveno arte en España. Sin embargo, cuando nos referimos específicamente a la etapa de 1996, no estamos ante una simple reedición nostálgica de los clásicos de Guillermo Sánchez Boix, el legendario "Boixcar". Estamos ante una de las apuestas más arriesgadas, polémicas y fascinantes del mercado editorial de los años noventa: el relanzamiento orquestado por la editorial Glénat bajo la dirección de Joan Navarro y con el guion principal de Hernán Migoya.

Esta versión de 1996 supuso una deconstrucción absoluta del género bélico. Mientras que las historias originales de mediados del siglo XX se movían entre el heroísmo romántico, la nobleza en el campo de batalla y una técnica de dibujo preciosista basada en el claroscuro, la propuesta de Migoya y su equipo de artistas fue un puñetazo en el estómago de la corrección política y la nostalgia mal entendida. El cómic se presenta como una antología de relatos cortos que, si bien mantienen el escenario de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española, cambian radicalmente el enfoque narrativo.

La sinopsis de esta obra nos sitúa en las trincheras, pero no para observar actos de valentía desinteresada, sino para ser testigos de la miseria humana, el absurdo de la violencia y la degradación moral que conlleva cualquier conflicto armado. En estas páginas, la guerra no es un escenario para la gloria, sino un catalizador de las pulsiones más bajas del ser humano. Los relatos de esta etapa exploran temas que habrían sido impensables en la época de la censura franquista: el sexo, la traición por supervivencia, el miedo paralizante y la crueldad gratuita de ambos bandos.

El guion de Hernán Migoya se caracteriza por una crudeza visceral y un cinismo punzante. No busca que el lector empatice con "héroes", sino que comprenda la fragilidad de la ética cuando el hambre y la muerte acechan en cada esquina. Esta "nueva" *Hazañas Bélicas* recupera el espíritu de las revistas de terror y guerra de la Warren Publishing o de la EC Comics, pero con un sabor puramente ibérico, recuperando incluso la icónica tipografía y el formato apaisado que tanto definieron a la serie original, creando un contraste casi perverso entre la forma clásica y el contenido transgresor.

En el apartado visual, la edición de 1996 es un festín de diversidad artística. Glénat reunió a un plantel de dibujantes que representaban lo mejor del cómic de autor y de vanguardia de la época. Nombres como Keko, Peret, Calpurnio, Miguel Ángel Martín o Gabi, entre otros, aportaron estilos que se alejaban del realismo académico para abrazar el expresionismo, el feísmo o el minimalismo. Esta variedad visual refuerza la idea de que la guerra no tiene una sola cara, sino que es un caleidoscopio de horrores interpretados desde diferentes sensibilidades estéticas.

El cómic no se limita a la acción bélica pura. Muchas de sus historias son dramas psicológicos o piezas de humor negro que dejan un poso de amargura y reflexión. No hay spoilers posibles en una obra de este tipo, ya que su valor no reside en el desenlace de una batalla específica, sino en la atmósfera opresiva y en la capacidad de subvertir los tropos del género. Es una obra que dialoga con el pasado de la historieta española para recordarnos que los tiempos han cambiado, pero que la guerra sigue siendo la misma máquina de triturar almas.

En conclusión, *Hazañas Bélicas (1996)* es una pieza de culto indispensable para entender la evolución del cómic adulto en España. Es un ejercicio de estilo que combina la recuperación del patrimonio cultural con una visión punk y desencantada de la historia. Para el lector que busque una experiencia intensa, alejada de los maniqueísmos y que no tema enfrentarse a la cara más oscura de la humanidad, esta etapa de Glénat sigue siendo, casi tres décadas después, un testimonio gráfico de una potencia narrativa arrolladora. Es, en definitiva, el recordatorio de que bajo

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