Guncandy, publicada originalmente por Image Comics, es una obra que se sitúa en la intersección exacta entre el *cyberpunk* visceral y el *noir* más descarnado. Escrita por Brian Glass e ilustrada por el reconocido artista español Victor Santos, esta novela gráfica es un ejercicio de estilo y narrativa frenética que captura la esencia de un futuro distópico donde la tecnología no ha servido para elevar a la humanidad, sino para perfeccionar sus vicios y su capacidad de autodestrucción.
La trama se desarrolla en una metrópolis asfixiante y sobrepoblada, una ciudad que parece respirar a través del neón y el humo industrial. En este entorno, la ley es un concepto maleable y el poder reside en aquellos que controlan el flujo de información y las sustancias que permiten escapar de la cruda realidad. La historia sigue los pasos de un protagonista que encarna el arquetipo del antihéroe del género: un hombre endurecido por el entorno, cuya moralidad se rige por códigos personales más que por estatutos legales. Su camino se cruza con el de una joven misteriosa, cuya presencia desencadena una serie de eventos violentos que ponen en jaque a las organizaciones criminales y corporativas que dominan la ciudad.
El motor narrativo de Guncandy es la búsqueda de una verdad que se oculta tras capas de conspiración y violencia urbana. El título del cómic no es solo un nombre llamativo; hace referencia a la dualidad de su mundo, donde la potencia de fuego (Gun) y la gratificación instantánea o la adicción (Candy) son las únicas constantes. La obra explora cómo los individuos se convierten en mercancía y cómo la identidad personal se diluye en un mar de implantes cibernéticos y realidades alteradas.
Desde el punto de vista visual, el trabajo de Victor Santos es el pilar fundamental que sostiene la atmósfera de la obra. Santos, conocido por su estilo de alto contraste y su dominio del blanco y negro (que más tarde perfeccionaría en obras como *Polar*), utiliza aquí una narrativa gráfica extremadamente dinámica. Sus composiciones no se limitan a seguir una estructura de viñetas tradicional; en su lugar, juega con la geometría de la página para transmitir la velocidad de los tiroteos y la desorientación de los bajos fondos futuristas. El uso de las sombras es narrativo: lo que no se ve es tan importante como lo que se muestra, creando una sensación de paranoia constante que envuelve al lector.
La influencia del manga clásico de ciencia ficción y del cine negro estadounidense es evidente en cada página. Sin embargo, Glass y Santos logran dotar a Guncandy de una identidad propia al evitar los clichés más manidos del género. No se detienen en largas exposiciones sobre el funcionamiento de la tecnología; prefieren que el lector descubra las reglas de este mundo a través de la acción y la interacción de los personajes. Es un cómic que confía en la inteligencia visual del espectador, permitiendo que el entorno hable por sí mismo.
Los temas centrales de la obra —la alienación urbana, la corrupción sistémica y la búsqueda de redención en un mundo que parece haberla olvidado— se presentan de forma cruda. No hay espacio para el sentimentalismo. La relación entre los protagonistas es tensa y está marcada por la necesidad de supervivencia mutua más que por un afecto convencional. Esto refuerza el tono nihilista que impregna el relato, donde cada victoria tiene un coste elevado y cada paso hacia adelante revela una nueva capa de decadencia.
En resumen, Guncandy es una pieza esencial para los aficionados al cómic independiente de finales de la década de los 2000 que buscan una narrativa adulta, rápida y visualmente impactante. Es una obra que destila la energía de una persecución a medianoche por calles lluviosas, capturando un futuro que, aunque fantástico en su tecnología, resulta dolorosamente reconocible en sus miserias humanas. Es, ante todo, un triunfo del diseño visual y una lección de cómo el género negro puede evolucionar al integrarse con la ciencia ficción más agresiva.