Como experto en el noveno arte, es un placer desgranar la esencia de «Gulliver», una obra que trasciende la mera adaptación literaria para convertirse en un festín visual y narrativo. Aunque muchos conocen la historia de Lemuel Gulliver a través de versiones edulcoradas para niños, este cómic recupera la mordacidad, el cinismo y la profunda carga filosófica que Jonathan Swift imprimió en su obra original de 1726, dotándola de una nueva dimensión gracias al lenguaje secuencial.
La trama nos presenta a Lemuel Gulliver, un cirujano de barcos con un espíritu inquieto y una insaciable curiosidad por lo desconocido. Tras un naufragio, Gulliver se ve arrojado a una serie de mundos que desafían toda lógica geográfica y social. El cómic no se detiene únicamente en el icónico viaje a Liliput, donde nuestro protagonista es un gigante entre hombres de seis pulgadas, sino que recorre con maestría las cuatro etapas fundamentales del viaje original, cada una más extraña y perturbadora que la anterior.
En la primera parte, el lector es testigo de la absurda política de Liliput. A través de las viñetas, percibimos la ironía de un hombre capaz de destruir ejércitos con un solo gesto, pero que se ve atrapado en las redes de una burocracia minúscula y ridícula. El dibujo juega aquí con perspectivas forzadas, resaltando la vulnerabilidad de lo enorme frente a la persistencia de lo pequeño.
Sin embargo, el cómic alcanza su madurez narrativa cuando Gulliver llega a Brobdingnag, la tierra de los gigantes. Aquí, la escala se invierte y el autor utiliza el espacio de la página para transmitir una sensación de terror absoluto. Gulliver deja de ser el observador poderoso para convertirse en una mascota, un juguete a merced de fuerzas que no puede comprender. Esta sección es una reflexión magistral sobre la insignificancia humana y la fragilidad de nuestra supuesta dignidad.
La obra continúa su ascenso hacia la sátira pura con el viaje a Laputa, la isla flotante de los intelectuales y científicos que han perdido el contacto con la realidad. En este tramo, el arte del cómic se vuelve más experimental, reflejando el caos de una sociedad que valora la teoría abstracta por encima de la supervivencia básica. Es una crítica feroz a la desconexión de las élites, que resuena con una vigencia asombrosa en la actualidad.
Finalmente, el cómic nos conduce al encuentro con los Houyhnhnms y los Yahoos. Es aquí donde la narrativa gráfica alcanza su punto más oscuro y reflexivo. Al confrontar a caballos racionales y virtuosos con seres humanos salvajes y degradados, la obra obliga al lector (y al propio Gulliver) a mirarse en un espejo incómodo. El dibujo se vuelve más crudo, despojando a la humanidad de sus adornos para mostrar su esencia más visceral.
Lo que hace que este cómic sea una pieza imprescindible no es solo su fidelidad al texto, sino cómo utiliza los recursos propios del medio. El uso del color evoluciona con el estado mental del protagonista: desde los tonos vibrantes y aventureros del inicio hasta una paleta más sombría y melancólica a medida que Gulliver comprende la verdadera naturaleza del mundo y de sí mismo. Las composiciones de página varían para reflejar el asombro, el miedo o la alienación, logrando que el lector sienta el mismo vértigo que el viajero.
«Gulliver» no es solo una historia de viajes fantásticos; es una disección anatómica de la condición humana, sus vicios, sus guerras absurdas y su incapacidad para la verdadera empatía. Es un cómic que exige una lectura atenta, capaz de maravillar por su despliegue imaginativo y, al mismo tiempo, de incomodar por la lucidez de su crítica social. Una obra que demuestra que, a veces, hay que alejarse miles de leguas de casa para ver con claridad lo que tenemos delante de nuestros ojos