Dentro del vasto panorama del cómic español de la primera década de los 2000, existe una obra que destaca por su mordacidad, su oportunidad histórica y, sobre todo, por ser el campo de pruebas de un talento visual que años más tarde conquistaría la industria estadounidense. Me refiero a "El Gran Bush", una obra escrita por Mikel Bao e ilustrada por un joven pero ya brillante Álvaro Martínez Bueno, publicada bajo el sello de Amaníaco Ediciones.
Como experto en el noveno arte, abordar "El Gran Bush" requiere situarnos en un contexto geopolítico muy específico: la era post-11 de septiembre, la invasión de Irak y el apogeo del neoconservadurismo estadounidense. Sin embargo, lejos de ser un panfleto político denso o un ensayo ilustrado, este cómic se erige como una sátira feroz, casi esperpéntica, que utiliza la figura de George W. Bush no solo como un objetivo de burla, sino como un prisma a través del cual observar las contradicciones del "sueño americano" y la maquinaria del poder global.
La sinopsis nos sitúa ante una versión caricaturizada, pero extrañamente humana, del 43º presidente de los Estados Unidos. El guion de Mikel Bao no busca realizar una biografía fidedigna, sino que construye un relato episódico donde la realidad se deforma para revelar verdades más profundas. Acompañamos a este "Gran Bush" en su día a día en la Casa Blanca, en sus ranchos de Texas y en sus incursiones diplomáticas, presentándolo como un hombre atrapado entre su propia ineptitud aparente y las sombras de figuras mucho más calculadoras que operan a su alrededor (referencias veladas a personajes como Cheney o Rumsfeld que cualquier lector de la época reconocerá al instante).
Lo que hace que "El Gran Bush" sea una lectura fascinante, incluso años después de que su protagonista abandonara el Despacho Oval, es su capacidad para equilibrar el humor slapstick con la crítica ácida. El protagonista es retratado como un "cowboy" fuera de tiempo, un hombre que entiende el mundo en términos de blanco y negro, de buenos y malos, simplificando la complejidad de la política internacional hasta niveles absurdos. Esta simplificación es precisamente el motor de la comedia, pero también el origen de una inquietud constante en el lector: la aterradora idea de que el destino del mundo esté en manos de alguien que parece más preocupado por su imagen de hombre de acción que por las consecuencias de sus actos.
Desde el punto de vista artístico, el trabajo de Álvaro Martínez Bueno es, sencillamente, revelador. Para quienes hoy lo siguen en obras maestras como *The Nice House on the Lake*, descubrir sus lápices en "El Gran Bush" es una delicia. Aquí ya se percibe su dominio de la narrativa visual y su capacidad para la caracterización.