Gilgamesh el Inmortal es una de las obras más ambiciosas y trascendentales de la historieta argentina, consolidada como un pilar de la ciencia ficción y la fantasía filosófica a nivel mundial. Creada originalmente por el dibujante y guionista Lucho Olivera en 1969 para la revista *D'Artagnan* de Editorial Columba, la serie alcanzó su madurez narrativa y su mayor reconocimiento cuando el prolífico guionista Robin Wood se hizo cargo de los guiones, redefiniendo al personaje y expandiendo su mitología.
La premisa del cómic toma como punto de partida el antiguo mito sumerio de Gilgamesh, el rey de Uruk. Sin embargo, Olivera y Wood transforman la epopeya clásica en una odisea de ciencia ficción especulativa. La historia comienza con un Gilgamesh atormentado por la finitud de la vida humana tras la muerte de su amigo Enkidu. En su búsqueda desesperada por el secreto de la vida eterna, el monarca se encuentra con un ser de tecnología avanzada, Utnapishtim, quien en esta versión es un extraterrestre cuya nave se estrelló en la Tierra antigua. A través de un proceso tecnológico que los hombres de la época perciben como magia o divinidad, Gilgamesh recibe el don de la inmortalidad.
A partir de este punto, el cómic se aleja de la estructura histórica convencional para explorar la carga psicológica y existencial que conlleva no poder morir. La narrativa se divide en grandes arcos que atraviesan la historia de la humanidad y se proyectan hacia un futuro lejano. Gilgamesh deja de ser un rey guerrero para convertirse en un observador eterno, un caminante que presencia el ascenso y la caída de civilizaciones, desde la Mesopotamia antigua hasta las guerras mundiales y, finalmente, el holocausto nuclear que arrasa con la vida en la Tierra.
El núcleo temático de la obra es la soledad absoluta. A diferencia de otros héroes inmortales de la ficción, el Gilgamesh de Wood y Olivera experimenta un cansancio existencial profundo. Su inmortalidad no es un superpoder, sino una condena que lo obliga a despedirse constantemente de todo lo que ama, viendo cómo el tiempo erosiona las montañas y las culturas por igual. El personaje evoluciona de un hombre impulsivo y soberbio a un filósofo melancólico que busca un propósito en un universo que parece carecer de él.
Visualmente, el trabajo de Lucho Olivera es fundamental para entender el impacto de la obra. Su estilo evolucionó desde un dibujo académico y detallado hacia una estética mucho más experimental, psicodélica y abstracta, especialmente en las etapas donde la historia se traslada al espacio exterior o a dimensiones desconocidas. El uso de las sombras, la composición de las viñetas y el diseño de la tecnología alienígena dotan al cómic de una atmósfera onírica y, en ocasiones, opresiva, que refuerza la sensación de aislamiento del protagonista.
En su etapa final, la serie se adentra en la ciencia ficción pura. Tras la destrucción de la Tierra, Gilgamesh vaga por el cosmos en busca de otros supervivientes o de una nueva razón para existir, encontrándose con civilizaciones galácticas y dilemas éticos que trascienden la comprensión humana. La obra cierra así un círculo perfecto: lo que comenzó como un mito sobre el origen de la civilización termina como una reflexión sobre el destino final de la especie y el universo.
*Gilgamesh el Inmortal* no es solo un cómic de aventuras; es un tratado sobre la condición humana, el tiempo y la memoria. La colaboración entre la sensibilidad poética de Robin Wood y la visión vanguardista de Lucho Olivera dio como resultado una obra que desafió las convenciones de la historieta popular de su época, ofreciendo una lectura densa, reflexiva y visualmente impactante que sigue siendo objeto de estudio y culto décadas después de su publicación original. Es, en esencia, el relato de un hombre que, al no poder morir, se ve obligado a aprender qué significa realmente estar vivo.