Fredy Barton

Fredy Barton: La Odisea Retrofuturista de Pasqual Ferry

En el vasto panteón del cómic español de finales de los años 80 y principios de los 90, pocas obras logran encapsular la transición entre la tradición de la "línea clara" y la modernidad expresiva como lo hace *Fredy Barton*. Creada por el maestro Pasqual Ferry —quien más tarde se convertiría en una estrella internacional en Marvel y DC—, esta obra es mucho más que una simple historieta de ciencia ficción; es un ejercicio de estilo, una carta de amor a la aventura espacial y un testimonio de la efervescencia creativa de revistas míticas como *Cairo* o *Zona 84*.

La sinopsis de *Fredy Barton* nos sitúa en un futuro que hoy llamaríamos "retrofuturista", pero que en su momento era la vanguardia de la imaginación. El protagonista, Fredy Barton, no es el típico héroe inmaculado de las sagas galácticas clásicas. Es, más bien, un aventurero de fortuna, un buscavidas con un encanto canalla y una capacidad innata para meterse en problemas que superan su propia comprensión. Barton se mueve por un cosmos que parece infinito, pero que se siente extrañamente claustrofóbico debido a las intrigas políticas, las corporaciones omnipotentes y los bajos fondos intergalácticos.

La narrativa nos presenta a Fredy a bordo de su nave, navegando por sistemas estelares donde la tecnología orgánica se mezcla con el metal oxidado. La trama arranca cuando Barton acepta encargos que, en apariencia, son rutinarios —transportes de mercancía dudosa o misiones de escolta—, pero que rápidamente derivan en conspiraciones que afectan al equilibrio de mundos enteros. Sin embargo, el corazón del cómic no reside solo en el "qué" sucede, sino en el "cómo" Fredy reacciona ante ello. Es un personaje profundamente humano, vulnerable y dotado de un cinismo que sirve de escudo ante la inmensidad de un universo que a menudo parece indiferente al destino individual.

Visualmente, *Fredy Barton* es una delicia para cualquier estudioso del noveno arte. Pasqual Ferry despliega aquí un talento que ya anunciaba su futura maestría. Bajo la influencia estética de autores como Moebius o Enki Bilal, pero manteniendo una identidad puramente mediterránea, Ferry construye paisajes alienígenas que son auténticos cuadros. Sus ciudades flotantes, sus desiertos de colores imposibles y su diseño de maquinaria —que parece tener vida propia— dotan a la obra de una atmósfera onírica y vibrante. El uso del color es fundamental: no es meramente decorativo, sino que marca el ritmo emocional de la historia, pasando de los tonos fríos de la soledad espacial a los estallidos cálidos de la acción más frenética.

Lo que hace que *Fredy Barton* destaque sobre otros cómics de su era es su equilibrio entre la acción y la introspección. Acompañamos a Fredy en un viaje que es tanto exterior como interior. A medida que visita planetas exóticos y se enfrenta a criaturas que desafían la lógica biológica, el lector percibe que Barton está buscando algo más que una recompensa económica. Hay una búsqueda de identidad, un intento de encontrar un lugar en un universo que cambia más rápido de lo que sus habitantes pueden procesar.

Sin caer en el spoiler, se puede decir que la estructura de sus historias suele seguir un patrón de "bola de nieve": un pequeño error o un encuentro fortuito desencadena una serie de eventos catastróficos que obligan a Fredy a improvisar constantemente. Esta falta de control del protagonista sobre su entorno es lo que genera una empatía inmediata con el lector. No estamos ante un semidiós, sino ante un hombre que usa su ingenio para sobrevivir un día más entre las estrellas.

En conclusión, *Fredy Barton* es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic de autor en España. Es una obra que destila libertad creativa, donde Pasqual Ferry se permitió experimentar con la narrativa visual y el diseño de mundos antes de verse constreñido por los cánones del cómic de superhéroes estadounidense. Leer *Fredy Barton* hoy es redescubrir una joya de la ciencia ficción europea: una mezcla perfecta de aventura, ironía y un apartado gráfico que, décadas después, sigue resultando asombrosamente fresco y evocador. Es, en definitiva, la crónica de un hombre pequeño en un universo demasiado grande, contada con la elegancia de quien conoce perfectamente los secretos de la viñeta.

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