Floyd Stark Detective

Floyd Stark Detective representa una de las cumbres del género negro dentro de la historieta europea, fruto de la colaboración entre dos titanes del noveno arte español: el guionista Enrique Sánchez Abulí y el dibujante Jordi Bernet. Publicada originalmente en la década de los 80, esta obra se aleja de los convencionalismos del héroe de acción para sumergirse en las aguas pantanosas del *hardboiled* más puro, aquel que hereda la tradición de autores como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, pero filtrada por la acidez y el cinismo característicos de sus creadores.

La trama nos presenta a Floyd Stark, un detective privado que opera en una metrópolis anónima y decadente, un escenario que funciona como un personaje más dentro de la narrativa. Stark no es el típico investigador pulcro de las novelas de misterio clásicas; es un hombre cansado, curtido por la calle y dotado de un pragmatismo que a menudo roza la amoralidad. Su oficina, envuelta en humo de tabaco y sombras alargadas, es el punto de partida para casos que, si bien comienzan con premisas aparentemente sencillas —la búsqueda de una persona desaparecida, un caso de infidelidad o una deuda sin cobrar—, terminan derivando en complejas redes de corrupción, traición y violencia.

El guion de Abulí destaca por su capacidad para construir diálogos cortantes y cargados de ironía. No hay espacio para la esperanza en el mundo de Floyd Stark; cada resolución suele dejar un sabor de boca agridulce, reforzando la idea de que en la ciudad nadie es totalmente inocente. El autor maneja con maestría los tropos del género: la *femme fatale* que oculta más de lo que muestra, los matones de poca monta con delirios de grandeza y los policías corruptos que ven en Stark un mal necesario o una molestia que erradicar. Sin embargo, lo que eleva a este cómic por encima de otros del mismo género es la humanidad descarnada de su protagonista, quien, a pesar de su cinismo, mantiene un código ético personal, por muy elástico que este sea.

En el apartado visual, Jordi Bernet despliega todo su arsenal técnico. Su dominio del blanco y negro es absoluto, utilizando el claroscuro no solo como una herramienta estética, sino como un motor narrativo. Las sombras en *Floyd Stark Detective* no solo ocultan rostros, sino que subrayan la ambigüedad moral de las situaciones. El trazo de Bernet es dinámico y expresivo, capaz de dotar de una personalidad arrolladora a personajes secundarios que apenas aparecen en unas pocas viñetas. La ambientación urbana está lograda con una economía de líneas asombrosa, donde cada mancha de tinta contribuye a crear esa atmósfera opresiva y húmeda que define al mejor *noir*.

La estructura de la obra suele ser episódica, permitiendo que cada caso funcione como una unidad autoconclusiva, aunque el conjunto construye un retrato demoledor de la sociedad urbana. A diferencia de otras colaboraciones del dúo, como la célebre *Torpedo 1936*, donde el protagonista es un criminal sin escrúpulos, en *Floyd Stark* encontramos una perspectiva ligeramente distinta: la del observador que, aunque está inmerso en el fango, intenta mantener la cabeza fuera del agua. Stark es el nexo de unión entre los bajos fondos y las altas esferas, un hombre que conoce los secretos de ambos mundos y que sabe que, al final del día, el dinero y el poder son los únicos motores que mueven los engranajes de la ciudad.

En conclusión, *Floyd Stark Detective* es una lectura esencial para cualquier aficionado al cómic de género. Es una obra que no ha envejecido, pues su crudeza y su honestidad narrativa siguen resultando impactantes. La sinergia entre el guion afilado de Abulí y el dibujo magistral de Bernet ofrece una experiencia inmersiva en un mundo de sombras donde la justicia es un concepto relativo y la supervivencia es el único objetivo real. Sin recurrir a artificios innecesarios, este cómic se consolida como un ejercicio de estilo impecable y un testimonio de la madurez que alcanzó la historieta para adultos en España durante su época dorada.

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