Fatale, la obra maestra de Ed Brubaker y Sean Phillips, representa una de las cumbres narrativas del cómic contemporáneo, logrando una amalgama perfecta entre el género *noir* más crudo y el horror cósmico de raíces lovecraftianas. Publicada originalmente por Image Comics, esta serie no es solo un ejercicio de estilo, sino una deconstrucción profunda de los tropos clásicos de la novela negra, centrada en la figura mítica de la *femme fatale*.
La historia se articula a través de la figura de Josephine, una mujer que posee un don —o una maldición— sobrenatural: tiene la capacidad de hipnotizar y manipular a cualquier hombre que se cruce en su camino, despertando en ellos una obsesión ciega que suele conducir a la tragedia. Sin embargo, a diferencia de los arquetipos del cine negro de los años 40, Josephine no es una manipuladora malintencionada por elección, sino una superviviente que huye de un destino mucho más oscuro que la simple delincuencia mundana.
La estructura narrativa de Fatale es ambiciosa y abarca varias décadas, desde la década de 1950 hasta la actualidad, pasando por los años 70 y los 90. La trama comienza en el presente con Nicolas Lash, un hombre que, tras la muerte de un viejo amigo de su padre (un escritor de novelas de serie negra), se ve envuelto en un misterio que involucra un manuscrito inédito y el encuentro con una mujer que parece no haber envejecido ni un solo día desde mediados del siglo pasado. A partir de este encuentro, la vida de Lash se desmorona, convirtiéndose en el hilo conductor que une las diferentes épocas en las que Josephine ha dejado un rastro de sangre y hombres rotos.
El elemento que distingue a Fatale de otros relatos de crímenes es su trasfondo sobrenatural. Josephine no solo huye de la policía o de gánsteres comunes; es perseguida por una secta milenaria liderada por una figura inquietante conocida como "El Obispo". Este culto adora a deidades primigenias, seres que habitan en los intersticios de la realidad y que exigen sacrificios humanos. Aquí es donde el *noir* se tiñe de horror: los callejones oscuros y las oficinas de detectives se mezclan con rituales sangrientos, monstruos tentaculares ocultos bajo piel humana y una sensación de fatalismo cósmico donde la voluntad humana parece insignificante frente a fuerzas ancestrales.
Visualmente, el trabajo de Sean Phillips es fundamental para establecer la atmósfera de la obra. Su estilo, caracterizado por un uso magistral de las sombras y un trazo sucio pero preciso, captura la esencia de la desesperación urbana. La paleta de colores de Dave Stewart complementa esta visión, utilizando tonos apagados y texturas que evocan tanto el papel barato de las revistas *pulp* como la frialdad de una morgue. La química entre Brubaker y Phillips es absoluta; el guion deja espacio para que el arte narre el silencio y la soledad de los personajes, mientras que los diálogos mantienen la cadencia rítmica del mejor género negro.
Uno de los puntos más fuertes de la obra es cómo subvierte el papel de la mujer en el género. Josephine es el centro absoluto del relato, no un mero objeto de deseo o un motor para la acción del protagonista masculino. A través de los diversos arcos argumentales, el lector comprende el peso de su inmortalidad y el aislamiento que conlleva su poder. Ella es tanto la víctima como el verdugo, atrapada en un ciclo eterno de persecución y supervivencia.
En conclusión, Fatale es una lectura obligatoria para quienes buscan un cómic que desafíe las etiquetas convencionales. Es una historia sobre la obsesión, el precio de la supervivencia y la oscuridad que acecha tanto en el corazón humano como en los rincones olvidados del universo. Brubaker y Phillips no solo rinden homenaje a los clásicos de Raymond Chandler o H.P. Lovecraft, sino que crean algo enteramente nuevo: un relato donde el verdadero terror no es solo morir a manos de un monstruo, sino vivir para siempre siendo el objeto de un deseo destructivo.