El Verdugo, con guion de Juan Antonio De Blas y dibujos de Tato (Tato Pons), representa uno de los ejercicios más sobrios, crudos y necesarios de la historieta española de finales de los años ochenta. Publicada originalmente por entregas en la mítica revista *El Víbora* y posteriormente recopilada en álbum por Ediciones La Cúpula, esta obra se aleja de los convencionalismos del género criminal para adentrarse en un realismo sucio y descarnado que disecciona la España de la posguerra a través de una figura tan tabú como fascinante: el ejecutor de la justicia.
La trama se sitúa en la España de los años cuarenta y cincuenta, un periodo marcado por el hambre, el silencio y la represión institucionalizada. El protagonista no es un héroe ni un villano de opereta, sino un funcionario del Estado que cumple con una tarea burocrática y macabra: aplicar la pena de muerte mediante el garrote vil. A través de sus ojos, el lector recorre una geografía de cárceles lúgubres, pensiones de mala muerte y trayectos en tren que conectan las diferentes capitales de provincia donde se requiere su servicio.
El guion de Juan Antonio De Blas destaca por su precisión histórica y su falta de sentimentalismo. No busca la redención del personaje ni tampoco su condena gratuita; se limita a mostrar la cotidianidad de un hombre que convive con la muerte como si fuera un trámite administrativo. La narrativa se apoya en una investigación profunda sobre los procedimientos legales y técnicos de la época, lo que otorga al cómic una pátina de veracidad que hiela la sangre. El autor utiliza al verdugo como un prisma para reflejar la hipocresía de una sociedad que delega la violencia en un individuo para luego marginarlo y convertirlo en un paria.
En el apartado visual, Tato Pons realiza un trabajo magistral que define la atmósfera de la obra. Su dibujo, caracterizado por un blanco y negro de contrastes violentos, captura la sordidez de los escenarios y la pesadumbre de los rostros. El uso de las sombras no es meramente estético; funciona como una metáfora del peso moral que arrastran los personajes. Las secuencias en las que se prepara el instrumento de ejecución —el garrote— están narradas con una frialdad mecánica que enfatiza el horror de la pena capital. Tato evita el gore innecesario, prefiriendo centrarse en la tensión psicológica y en los detalles ambientales que transmiten la miseria moral y material del contexto histórico.
Uno de los puntos fuertes de *El Verdugo* es su estructura episódica, que permite explorar diferentes facetas de la represión franquista. Cada ejecución es un caso distinto, pero todas comparten un denominador común: la deshumanización tanto del ejecutado como del ejecutor. El cómic aborda temas como la culpa, el aislamiento social y la obediencia debida, planteando preguntas incómodas sobre la responsabilidad individual dentro de un sistema autoritario.
A diferencia de otras aproximaciones artísticas al tema, como la célebre película homónima de Luis García Berlanga, el cómic de De Blas y Tato carece de humor negro o sátira esperpéntica. Su tono es puramente dramático y testimonial. Es una crónica negra que se lee con un nudo en la garganta, donde el silencio de las celdas y el sonido del metal al girar son los verdaderos protagonistas.
En conclusión, *El Verdugo* es una obra fundamental para entender la evolución del cómic adulto en España. Es una pieza de arqueología social que utiliza el lenguaje de la historieta para denunciar la barbarie institucionalizada. Sin necesidad de artificios ni giros de guion espectaculares, De Blas y Tato logran construir un relato sólido y perturbador que permanece en la memoria del lector mucho tiempo después de haber cerrado el álbum. Es, en definitiva, un retrato implacable de una época oscura y de los hombres que, por oficio o destino, se encargaron de ejecutar sus sentencias.