El Tebeo: Una Odisea a través de la Memoria y el Papel
Hablar de *El Tebeo*, la monumental obra de Santiago García y Gustavo Rico publicada por Astiberri, no es simplemente reseñar un cómic más en la estantería; es enfrentarse a un artefacto cultural que intenta, de manera ambiciosa y alucinada, capturar el alma misma de un medio en España. Como experto en el noveno arte, puedo afirmar que nos encontramos ante una de las propuestas más arriesgadas, lúcidas y visualmente desbordantes de la última década. Esta obra no es una cronología seca ni un libro de historia ilustrado; es una experiencia inmersiva que utiliza el lenguaje del cómic para explicar por qué el cómic importa.
La sinopsis de *El Tebeo* nos sitúa en un territorio fronterizo entre la realidad y el mito. La narrativa se despliega como un viaje épico, casi homérico, a través de las décadas de producción de viñetas en España. Sin embargo, no lo hace mediante una sucesión de fechas, sino a través de una estructura metaficcional donde el propio concepto de "el tebeo" —esa palabra tan nuestra, tan cargada de nostalgia y, a veces, de un injusto menosprecio— cobra vida. La trama nos invita a seguir un rastro de tinta que se extiende desde los albores de la prensa satírica y las revistas infantiles de principios del siglo XX, pasando por la durísima posguerra y el esplendor de la factoría Bruguera, hasta llegar a la explosión del *underground* y la madurez de la novela gráfica contemporánea.
Santiago García, uno de los guionistas más intelectualmente inquietos del panorama actual, propone un guion que funciona como un laberinto de espejos. En sus páginas, los géneros se retuercen y se abrazan: la aventura clásica, el drama social, la sátira política y la vanguardia experimental conviven en un flujo constante. No hay una progresión lineal convencional, sino un diálogo entre épocas. El lector se ve arrastrado por una corriente que explora la identidad de un país a través de sus dibujos, analizando cómo los personajes de papel reflejaron las miserias, las esperanzas y las transformaciones de la sociedad española.
El apartado visual, a cargo de Gustavo Rico, es sencillamente apabullante. Rico no se limita a ilustrar la historia; la reinventa en cada página. Su estilo es un camaleón cromático que muta para rendir homenaje a los grandes maestros del pasado sin perder nunca su propia y enérgica personalidad. En *El Tebeo*, el color no es solo estético, es narrativo: las paletas cambian para evocarnos el papel barato de los cuadernillos de aventuras, el brillo de las revistas de los ochenta o la sobriedad del blanco y negro de la prensa antigua. Cada plancha es una composición compleja, llena de simbolismo y dinamismo, que exige una lectura pausada para absorber todos los niveles de significado que propone.
Lo que hace que esta obra sea excepcional es su capacidad para evitar la nostalgia vacía. *El Tebeo* no mira atrás para decir que "cualquier tiempo pasado fue mejor", sino para entender de dónde venimos y por qué el lenguaje secuencial es una herramienta de resistencia cultural. Es un relato sobre supervivientes: autores que trabajaron en la sombra, editores visionarios (y a veces tiránicos) y, sobre todo, un público que encontró en esas páginas una ventana a otros mundos cuando los muros de la realidad eran demasiado altos.
En conclusión, *El Tebeo* es una carta de amor, a ratos amarga y a ratos eufórica, a un oficio y a una forma de entender la vida. Es una obra imprescindible para quienes deseen comprender la idiosincrasia del cómic español no como un subproducto de entretenimiento, sino como un pilar fundamental de nuestra memoria colectiva. Leerlo es sumergirse en un océano de tinta donde cada gota cuenta una historia de esfuerzo, imaginación y libertad. Una pieza maestra que redefine lo que un cómic puede decir sobre sí mismo.