El Señor Copy: La autopsia del cine y la misantropía según Paco Alcázar
*El Señor Copy* no es solo un cómic sobre cine; es un tratado sobre la decadencia cultural, el aislamiento social y la amargura destilada en viñetas. Creado por Paco Alcázar, uno de los autores más personales y ácidos del panorama del cómic español contemporáneo, esta obra recopila las páginas que originalmente vieron la luz en la revista *Cinemanía*. A través de una estructura rígida y un humor negro que bordea lo nihilista, Alcázar construye un microcosmos centrado en la figura de un dueño de videoclub que parece haber hecho de la desafección su bandera.
La premisa nos sitúa en un escenario que, para muchos, ya pertenece a la arqueología moderna: el videoclub. Sin embargo, lejos de la nostalgia edulcorada que suele rodear a estos establecimientos en la cultura popular reciente, el videoclub del Señor Copy es un purgatorio de plástico y carátulas desgastadas. El protagonista, cuyo nombre da título a la obra, es un hombre atrapado en un negocio moribundo, rodeado de películas que desprecia y clientes a los que detesta profundamente. Su figura representa el arquetipo del experto cínico, aquel que ha visto tanto cine que ya no es capaz de disfrutar de la magia de las imágenes, sino que solo alcanza a ver los hilos, los clichés y la estupidez intrínseca de la industria.
El núcleo narrativo de *El Señor Copy* se articula mediante la interacción entre el protagonista y su clientela. Estos clientes no son personajes desarrollados, sino espejos de las miserias del espectador medio: el que busca la última novedad sin criterio, el que pide recomendaciones para luego ignorarlas, el cinéfilo pedante que busca validación o el despistado que confunde títulos y géneros. Ante ellos, el Señor Copy responde con una mezcla de sarcasmo hiriente, lógica aplastante y una falta absoluta de empatía. No hay en él un deseo de educar al público, sino una necesidad casi biológica de subrayar la vacuidad de sus gustos.
Visualmente, Paco Alcázar emplea su característico estilo de "línea clara" retorcida. Sus dibujos son limpios, precisos y aparentemente estáticos, lo que acentúa la sensación de claustrofobia y estancamiento del local. Los rostros de los personajes suelen mostrar expresiones de una intensidad grotesca o de una vacuidad absoluta, capturando el momento exacto en que la comunicación humana fracasa. La composición de las páginas suele ser fija, casi teatral, lo que obliga al lector a centrarse en los diálogos —afilados como cuchillas— y en el lenguaje corporal de los personajes, que a menudo transmite más incomodidad que las propias palabras.
Uno de los puntos más destacados del cómic es su capacidad para realizar una crítica feroz a la industria cinematográfica sin salir de las cuatro paredes del videoclub. A través de las reflexiones del protagonista, Alcázar disecciona los mecanismos del estrellato, la repetición de fórmulas en Hollywood, la pretenciosidad del cine de autor y la forma en que el consumo masivo de ficción ha atrofiado la capacidad crítica de la sociedad. El Señor Copy actúa como un forense que realiza una autopsia constante al séptimo arte, encontrando siempre signos de putrefacción.
A pesar de su tono sombrío y su protagonista antipático, el cómic logra una conexión única con el lector gracias a su honestidad brutal. Hay algo profundamente liberador en la honestidad del Señor Copy; es la voz interior de cualquiera que haya trabajado de cara al público o que haya sentido frustración ante la mediocridad cultural imperante. No es una obra que busque la carcajada fácil, sino la sonrisa cómplice y amarga que surge al reconocer una verdad incómoda.
En definitiva, *El Señor Copy* es una pieza fundamental para entender la narrativa de Paco Alcázar. Es un ejercicio de estilo donde el humor se utiliza como una herramienta de disección social. Sin necesidad de grandes giros argumentales ni de una trama lineal compleja, el cómic se sostiene sobre la fuerza de su personaje central y la lucidez de sus guiones. Es, en esencia, un retrato del fin de una era —la del formato físico y el contacto humano en el consumo cultural— vista a través de los ojos de alguien que, aunque afirma odiarlo todo, no sabe vivir fuera de ese laberinto de estanterías llenas de sueños de celulo