En el vasto y colorido universo de la narrativa gráfica contemporánea, pocos autores han logrado capturar la fragilidad y la maravilla de la infancia con la agudeza de Ricardo Siri, mundialmente conocido como Liniers. Dentro de su producción, "El Príncipe Pablo" se erige como una pieza fundamental, una joya de la literatura infantil y juvenil que trasciende las barreras generacionales para ofrecer una reflexión poética sobre el descubrimiento del mundo y el poder de la imaginación.
La historia nos presenta a Pablo, un pequeño príncipe que habita un castillo de dimensiones oníricas. Sin embargo, a diferencia de los relatos clásicos de caballería, aquí no encontraremos dragones feroces que custodien tesoros ni misiones épicas para salvar reinos en peligro. La verdadera épica de Pablo es la de lo cotidiano. El protagonista es un niño que lleva una corona que a veces parece quedarle un poco grande, un símbolo visual de las expectativas y el rol que le toca desempeñar, pero que no logra aplastar su curiosidad innata.
Desde las primeras páginas, Liniers establece una atmósfera de realismo mágico doméstico. El castillo no es solo una fortaleza de piedra, sino un lienzo en blanco donde la mente de Pablo proyecta sus anhelos y temores. El autor utiliza la estructura del cómic para jugar con la escala: los pasillos interminables y los techos altos subrayan la pequeñez del príncipe frente a la inmensidad del mundo adulto, representado principalmente por la figura del Rey, su padre. La relación entre ambos es uno de los pilares emocionales de la obra; el Rey es una figura de autoridad, pero también un espejo de