El Principe loco

En el vasto y a menudo reverencial panorama del noveno arte, surge de vez en cuando una obra que se atreve a profanar lo sagrado, no desde el desprecio, sino desde una curiosidad febril y una creatividad desbordante. Este es el caso de "El Príncipe Loco", la fascinante novela gráfica de Álvaro Ortiz, publicada por la editorial Astiberri. Como experto en la materia, puedo afirmar que nos encontramos ante una de las reinterpretaciones más audaces y visualmente magnéticas de la literatura universal reciente.

La premisa de la obra parte de un lugar común para todos: el mito de *El Principito* de Antoine de Saint-Exupéry. Sin embargo, Ortiz, fiel a su estilo narrativo fragmentado y cargado de una melancolía ácida, decide alejarse de la moraleja infantil para adentrarse en los terrenos de la obsesión, el paso del tiempo y la salud mental. La historia nos presenta a un protagonista que, años después de su supuesto encuentro con la Tierra, regresa a nuestro planeta. Pero este no es el niño de cabellos de oro que buscaba un cordero; es un hombre marcado por la soledad de los asteroides, un ser que camina por la fina línea que separa la iluminación de la demencia.

La sinopsis nos sitúa en un desierto que es, a la vez, un escenario físico y un estado mental. El Príncipe ha vuelto, pero el mundo que encuentra no es el que recordaba, o quizás, es su propia percepción la que ha sido distorsionada por el aislamiento cósmico. En su periplo, se cruza con personajes que parecen ecos de la obra original, pero pasados por un filtro de realismo sucio y surrealismo pop. Hay aviadores que han perdido el rumbo, zorros que no quieren ser domesticados y una búsqueda incesante de aquello que dejó atrás: su rosa, su hogar, su identidad.

Lo que hace que "El Príncipe Loco" destaque por encima de otras adaptaciones es el manejo magistral que Álvaro Ortiz hace del lenguaje visual. El autor emplea una paleta de colores vibrantes, casi psicodélicos, que contrastan con la crudeza de las situaciones. Sus composiciones de página, a menudo densas y ricas en detalles, obligan al lector a detenerse, a explorar cada rincón de la viñeta como si fuera un pequeño planeta por descubrir. El dibujo de Ortiz, con su trazo aparentemente sencillo pero profundamente expresivo, logra transmitir una vulnerabilidad que desarma al lector.

Temáticamente, el cómic explora la carga que supone ser un icono. ¿Qué ocurre cuando el símbolo de la inocencia crece y se enfrenta a la decepción? La "locura" del príncipe no es necesariamente una patología clínica, sino la incapacidad de encajar en una realidad cínica y gris. Es una odisea sobre la pérdida de la infancia y la búsqueda de un sentido en un universo que parece haber olvidado cómo mirar con el corazón.

Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia (spoilers), cabe destacar que la estructura narrativa es circular y laberíntica. Ortiz juega con los tiempos y los espacios, creando una atmósfera onírica donde lo real y lo imaginado se funden. Es un "road movie" a pie, un viaje introspectivo donde el desierto se convierte en un espejo. El autor no busca dar respuestas masticadas, sino invitar al lector a perderse junto al protagonista en sus desvaríos y sus momentos de lucidez poética.

En conclusión, "El Príncipe Loco" es una obra imprescindible para cualquier amante del cómic que busque algo más que una simple distracción. Es una pieza de orfebrería narrativa que rinde homenaje al clásico de Saint-Exupéry mientras construye su propia mitología moderna. Álvaro Ortiz demuestra, una vez más, por qué es una de las voces más personales y necesarias del cómic español actual, entregándonos una historia que es, al mismo tiempo, un grito de desesperación y un canto a la belleza de lo invisible. Una lectura que permanece en la retina y en la mente mucho después de haber cerrado el libro.

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