Hablar de "El Pillín" es sumergirse en las raíces más profundas de la historieta chilena y, por extensión, en los cimientos de la narrativa gráfica latinoamericana. Creado por el legendario René Ríos Boettiger, universalmente conocido como Pepo, este personaje no solo es una pieza de colección para los estudiosos del noveno arte, sino que representa el primer gran éxito de un autor que años más tarde cambiaría la historia con la creación de *Condorito*.
Publicado originalmente en las páginas de la mítica revista *El Peneca* a finales de la década de 1940 y principios de los 50, "El Pillín" nos presenta las peripecias de un niño cuya principal característica es, como su nombre indica, una agudeza mental volcada hacia la travesura y la supervivencia cotidiana. En un contexto histórico donde el cómic infantil solía estar dominado por figuras moralizantes o excesivamente ingenuas, Pepo introdujo una bocanada de aire fresco con un protagonista que encarnaba la "picardía" criolla en su estado más puro.
La sinopsis de la obra nos sitúa en un entorno urbano que evoca el Chile de mediados del siglo XX, un escenario de calles empedradas, solares y una vida vecinal vibrante. El Pillín es un niño de origen humilde, reconocible por su gorra ladeada, su camiseta a rayas y esa expresión en la mirada que oscila entre la inocencia fingida y el cálculo astuto. No es un niño malvado, pero sí es un rebelde frente a las estructuras rígidas de la autoridad adulta, ya sea representada por sus padres, sus profesores o los policías de barrio.
La estructura de sus historias suele seguir un patrón de ingenio y resolución de conflictos. El Pillín se enfrenta a dilemas comunes: la falta de dinero para una golosina, el deseo de evitar una tarea escolar o la necesidad de salir bien librado de un lío en el que él mismo se ha metido. Lo fascinante del cómic no es solo el "qué" sucede, sino el "cómo" el protagonista utiliza su entorno y su verborrea para dar vuelta a la situación. Es un estratega de lo cotidiano que utiliza el humor como su arma principal.
Desde una perspectiva técnica, "El Pillín" es una clase magistral del estilo de Pepo. Aquí ya se observa esa línea limpia, segura y sumamente expresiva que definiría su carrera. El autor logra dotar al personaje de una elasticidad física que refuerza la comedia visual; los gestos de sorpresa, las huidas a toda prisa y las muecas de satisfacción tras una travesura exitosa están dibujados con una maestría que hace que el diálogo sea, en muchas ocasiones, secundario. La narrativa es ágil, con un ritmo cinematográfico que mantiene al lector enganchado en cada viñeta.
Pero más allá de la risa, el cómic funciona como un espejo sociológico. El Pillín es el arquetipo del "roto chileno" en miniatura: ingenioso, resiliente y siempre listo para enfrentar la adversidad con una sonrisa pícara. A través de sus aventuras, Pepo retrató las carencias y las alegrías de una clase social que rara vez se veía representada con tanta dignidad y humor en los medios de comunicación de la época.
En conclusión, "El Pillín" es mucho más que el precursor de Condorito; es una obra con identidad propia que captura la esencia de una infancia que se vivía en la calle, donde el ingenio era el capital más valioso. Para cualquier amante de los cómics, redescubrir estas páginas es entender la evolución del humor gráfico en español y rendir homenaje a un personaje que, con su astucia y su corazón de barrio, se ganó un lugar perpetuo en el panteón de los grandes clásicos de la historieta. Es una lectura esencial para comprender cómo el dibujo puede capturar el alma de un pueblo a través de las travesuras de un niño que se negaba a seguir las reglas.