Dentro del vasto y rico panorama del tebeo clásico español, pocas figuras resultan tan emblemáticas y prolíficas como la de Manuel Gago. Si bien su nombre suele asociarse de inmediato al legendario *Guerrero del Antifaz*, existe otra obra que late con una fuerza narrativa y una energía visual equiparable: *El Pequeño Luchador*. La edición de 1978 en formato vertical, publicada por la mítica Editorial Valenciana, representa no solo un ejercicio de nostalgia, sino una oportunidad única para redescubrir una de las epopeyas de aventuras más vibrantes del siglo XX bajo una nueva óptica editorial.
La trama de *El Pequeño Luchador* nos sumerge en una odisea que combina el exotismo del Lejano Oriente con los valores universales de la justicia y la superación personal. El protagonista es Carlos, un joven que, tras quedar huérfano y verse despojado de su herencia por la traición y la codicia, se ve obligado a emprender un viaje de transformación física y espiritual. Lejos de ser el típico héroe invulnerable desde el primer panel, Carlos es un personaje que se construye a sí mismo. Su periplo lo lleva a tierras lejanas, principalmente a una Asia idealizada y misteriosa, donde bajo la tutela de sabios maestros aprenderá los secretos de las artes marciales y el dominio del cuerpo y la mente.
Lo que define a esta obra es su ritmo incansable. Carlos no solo lucha contra villanos de opereta; se enfrenta a tiranos opresores, piratas despiadados y sociedades secretas que operan en las sombras de templos milenarios. Acompañado a menudo por personajes secundarios que aportan el contrapunto emocional y, en ocasiones, el alivio cómico, el joven protagonista se convierte en un símbolo de resistencia para los débiles. La serie destaca por su capacidad para trasladar al lector a escenarios que, en la España de la posguerra (cuando nació la obra original), resultaban fascinantes y totalmente ajenos: selvas impenetrables, palacios de jade y puertos bulliciosos llenos de peligros.
La edición de 1978 que nos ocupa tiene una relevancia técnica y estética particular. Originalmente, *El Pequeño Luchador* se publicó en el formato "apaisado" (horizontal), típico de los cuadernos de aventuras de los años 40 y 50. Sin embargo, la reedición de 1978 optó por el formato vertical, adaptándose a los estándares de las revistas de cómics modernas de la época. Este cambio no fue meramente estético; supuso una reordenación de las viñetas y, en muchos casos, la incorporación del color sobre el dibujo original de Gago. Para el coleccionista y el estudioso, esta versión permite apreciar cómo la narrativa visual de Gago —caracterizada por un dinamismo asombroso y una capacidad innata para transmitir el movimiento en las escenas de lucha— sobrevive y se reinventa en un lienzo diferente.
El arte de Manuel Gago en esta serie es puro nervio. Sus trazos, rápidos y decididos, logran que cada golpe, cada salto y cada persecución se sientan orgánicos. En *El Pequeño Luchador*, Gago perfeccionó su estilo de "acción continua", donde el lector apenas tiene respiro entre una peripecia y la siguiente. La edición vertical de 1978 resalta esta verticalidad de la acción, permitiendo que la mirada descienda por la página siguiendo la caída de un adversario o la ascensión de Carlos por los muros de una fortaleza.
En conclusión, *El Pequeño Luchador 1978 Vertical* es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic en España. Es una obra que habla de la lucha contra la injusticia, del honor y de la búsqueda de la identidad en un mundo hostil. Para los nuevos lectores, es una puerta de entrada a un estilo de aventura clásica que no conoce el cinismo moderno; para los veteranos, es el reencuentro con un héroe que, a pesar de su nombre, demostró tener un corazón y una valentía de proporciones gigantescas. Sumergirse en estas páginas es recuperar el sentido de la maravilla y recordar por qué el tebeo fue, durante décadas, el refugio predilecto de la imaginación.