El Padre Borman, obra de Gustavo Amézaga en el guion y Emiliano Etzien en el apartado visual, se erige como una de las propuestas más crudas y atmosféricas del panorama del cómic contemporáneo, fusionando con precisión los códigos del género *noir* con una narrativa de redención y decadencia urbana. La obra no busca la complacencia del lector, sino que lo sumerge en un entorno donde la línea entre la santidad y el pecado se ha desdibujado bajo el peso de la lluvia y el hollín de una ciudad que parece haber sido olvidada por cualquier deidad.
La trama nos presenta al Padre Borman, un protagonista que se aleja radicalmente del arquetipo del clérigo pasivo o puramente contemplativo. Borman es un hombre de fe, pero su fe se pone a prueba no en el silencio de un monasterio, sino en el estruendo de los callejones y los bajos fondos. Es un personaje complejo, cuya sotana funciona más como una armadura que como un símbolo de paz. Amézaga construye un guion sólido donde la introspección del protagonista guía al lector a través de una serie de conflictos que trascienden lo puramente físico para adentrarse en lo moral y lo teológico. Borman no solo se enfrenta a criminales o corruptos; se enfrenta a la futilidad de su propia misión en un mundo que parece rechazar cualquier intento de salvación.
El entorno urbano es, en sí mismo, un personaje fundamental en la obra. La ciudad que habitan los personajes de Amézaga y Etzien es un laberinto de sombras, un organismo enfermo donde la corrupción institucional y la desesperación individual se retroalimentan. En este escenario, el Padre Borman actúa como un catalizador, un hombre que, a pesar de sus propias dudas y cicatrices, se ve obligado a intervenir en situaciones donde la justicia legal ha fallado y solo queda la justicia de los hombres, o una interpretación muy personal de la justicia divina.
El trabajo de Emiliano Etzien en el dibujo es el pilar que sostiene la atmósfera opresiva del cómic. Con un uso magistral del claroscuro, Etzien logra que cada viñeta respire una suciedad tangible. Su estilo, caracterizado por un trazo enérgico y una gestión de las sombras que recuerda a los grandes maestros del *noir* gráfico, es fundamental para transmitir la psicología de Borman. No hay espacios luminosos en este mundo; incluso la luz de las velas en una iglesia parece proyectar sombras más largas y amenazantes que en cualquier otro lugar. La expresividad de los rostros, marcados por el cansancio y la violencia, refuerza el tono de realismo sucio que impregna toda la obra.
Narrativamente, el cómic destaca por su ritmo pausado pero implacable. Amézaga maneja los tiempos con maestría, permitiendo que el silencio hable tanto como los diálogos. Las reflexiones internas de Borman, a menudo presentadas como una suerte de confesión o plegaria desesperada, dotan a la obra de una capa de profundidad filosófica que la eleva por encima del simple *thriller* de acción. Se exploran temas como la culpa, el sacrificio y la posibilidad de encontrar luz en la oscuridad más absoluta, pero sin caer en sermones moralistas. La obra muestra, no juzga, dejando que sea el lector quien decida si las acciones de Borman son las de un santo desesperado o las de un hombre que ha perdido el rumbo.
En conclusión, *El Padre Borman* es una pieza esencial para entender la evolución del cómic de género en español. La sinergia entre el guion de Amézaga y el arte de Etzien crea una experiencia inmersiva y perturbadora. Es un cómic que exige atención y que recompensa al lector con una historia densa, visualmente impactante y emocionalmente agotadora. Una exploración de los límites de la fe en un entorno que ha renunciado a ella, donde el único consuelo posible parece ser la resolución de un hombre que se niega a apartar la mirada del abismo.