Hablar de Francisco Ibáñez no es simplemente hablar de un historietista; es referirse al arquitecto de la imaginación de varias generaciones en España e Hispanoamérica. Tras su partida en 2023, la necesidad de condensar un legado de más de sesenta años de trabajo frenético se volvió imperativa. Así nace "El Mejor Ibáñez", una obra que no es solo un recopilatorio, sino un testamento visual y narrativo que busca capturar la esencia purista del genio de la Escuela Bruguera.
Como experto en el noveno arte, puedo afirmar que esta edición es la puerta de entrada definitiva para los neófitos y el objeto de culto necesario para los coleccionistas. La sinopsis de este volumen nos traslada a un viaje cronológico y temático por las páginas que definieron el humor gráfico español. El libro se erige como una cuidada selección de las aventuras más emblemáticas, los gags más memorables y las viñetas que mejor representan el estilo hiperdinámico y detallista del autor barcelonés.
El núcleo central de la obra, como no podía ser de otra forma, está dedicado a Mortadelo y Filemón. A través de una selección de sus mejores historietas largas y cortas, el lector es testigo de la evolución de la pareja de agentes de la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea). Desde sus inicios con una estética más cercana al "slapstick" clásico y el cine mudo, hasta alcanzar la madurez técnica de los años 70 y 80, donde el dibujo de Ibáñez se vuelve barroco, lleno de detalles ocultos y un movimiento frenético que parece saltar del papel. "El Mejor Ibáñez" permite observar cómo estos personajes pasaron de ser simples parodias de Sherlock Holmes y Watson a convertirse en espejos deformantes de la realidad social y política, siempre bajo el tamiz del absurdo y el porrazo monumental.
Pero la genialidad de Ibáñez no se limitaba a sus agentes secretos. Este volumen hace justicia a su capacidad para crear microcosmos sociales en una sola página. Un pilar fundamental de la obra es la inclusión de 13, Rue del Percebe. En estas páginas, el lector se asoma a la sección transversal de un edificio donde la comunidad de vecinos se convierte en un catálogo de arquetipos cómicos: el tendero estafador, el científico loco, la dueña de la pensión y el eterno moroso del ático. La estructura rígida de la página —siempre el mismo edificio— sirve para demostrar la capacidad infinita de Ibáñez para reinventar el chiste visual dentro de un espacio confinado.
El volumen también rescata la torpeza entrañable de Rompetechos, el personaje favorito del propio autor. A través de sus peripecias, entendemos la maestría del "gag de repetición" y la confusión lingüística. También encontramos el caos burocrático de El botones Sacarino, una sátira del funcionamiento interno de las propias editoriales de cómics, y la ineficiencia hilarante de Pepe Gotera y Otilio, los "chapuzas a domicilio" que prefiguraron toda una cultura del desastre doméstico en la ficción española.
Lo que hace que "El Mejor Ibáñez" destaque sobre otros recopilatorios es su enfoque en la calidad técnica. Como expertos, valoramos enormemente la restauración de los colores y la nitidez del trazo. Aquí se aprecia el famoso "horror vacui" de Ibáñez: esa necesidad de llenar cada esquina de la viñeta con un ratón haciendo pesas, una araña con sombrero o un cartel con un juego de palabras absurdo. Estos detalles, que a menudo pasan desapercibidos en una lectura rápida, son los que dotan a su obra de una relectura infinita.
Sin desvelar tramas específicas, basta decir que la selección de historias largas incluidas en este tomo representa los picos creativos del autor, aquellos momentos en los que el guion y el dibujo alcanzaron una simbiosis perfecta. Son relatos donde la crítica social es afilada pero blanca, donde la violencia es puramente coreográfica y donde el lenguaje, rico en arcaísmos y expresiones rimbombantes, eleva el tebeo a la categoría de literatura popular de primer orden.
En conclusión, "El Mejor Ibáñez" es una celebración de la resiliencia de un autor que dibujó hasta su último aliento. Es un compendio que explica por qué, en un mundo de superhéroes y novelas gráficas introspectivas, el estilo de Ibáñez sigue siendo universal. Es una obra que garantiza la carcajada, pero que también invita a la admiración técnica por un hombre que, con un lápiz y una goma, fue capaz de construir todo un país imaginario donde el único peligro real era morir de risa. Un título indispensable para entender que el cómic no es solo entretenimiento, sino el patrimonio emocional de todo un pueblo.