El universo creado por Edgar Rice Burroughs a principios del siglo XX es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de la narrativa de aventuras moderna. Si bien la figura de Tarzán, el Rey de la Selva, es la que ha acaparado la mayor parte de la atención mediática y cultural a lo largo de las décadas, su legado no termina en su propia figura. El cómic "El hijo de Tarzán" (basado en la cuarta novela de la saga, *The Son of Tarzan*) representa una de las expansiones más fascinantes y dinámicas de este mito, especialmente cuando se traslada al lenguaje del noveno arte.
La historia nos presenta a Jack Clayton, el joven hijo de Lord y Lady Greystoke. A diferencia de su padre, Jack nace y se cría en la comodidad, la seguridad y las estrictas restricciones de la aristocracia londinense de la época eduardiana. Sin embargo, la sangre que corre por sus venas no es una sangre común. A pesar de los denodados esfuerzos de sus padres por mantenerlo alejado de los peligros y la "salvajez" de África —temiendo que el destino de su hijo fuera el mismo que el del hombre que fue criado por simios—, el joven Jack siente una llamada ancestral, un impulso atávico que la civilización más refinada no puede silenciar.
El cómic narra la transformación de este joven aristócrata en una fuerza de la naturaleza. Tras una serie de eventos fortuitos y encuentros con personajes del pasado de su padre que lo llevan a escapar de su hogar en Inglaterra, Jack se encuentra de regreso en las tierras indómitas que vieron nacer la leyenda de Tarzán. Es aquí donde la obra brilla con luz propia, alejándose de la sombra del padre para forjar la identidad de un nuevo héroe: Korak. En el lenguaje de los Mangani (los grandes simios), Korak significa "El