En el vasto y fascinante panteón de la historieta clásica española, pocas obras logran capturar la esencia de la aventura pura y el exotismo romántico como lo hace "El Enmascarado de Bagdad". Creada por el incansable y prolífico Manuel Gago —célebre por ser el padre de *El Guerrero del Antifaz*— y publicada por la mítica Editorial Valenciana a principios de la década de los 50, esta obra se erige como un pilar fundamental del tebeo de aventuras de la posguerra.
La historia nos transporta a una Bagdad idealizada, extraída directamente de la atmósfera de *Las mil y una noches*. En este escenario de cúpulas doradas, mercados bulliciosos y desiertos infinitos, la justicia es a menudo un concepto esquivo, sofocado por la ambición de hombres poderosos y la corrupción que anida en las sombras del palacio del Califa. Es aquí donde surge la figura del Enmascarado, un héroe cuya identidad permanece oculta tras una seda que cubre su rostro, convirtiéndose en el azote de los tiranos y en la única esperanza de los oprimidos.
La sinopsis nos sitúa en un momento crítico para el califato. Un usurpador, movido por una sed insaciable de poder, ha logrado infiltrarse en las altas esferas del gobierno, sembrando el caos y la injusticia. El protagonista, un hombre de noble cuna que ha visto cómo su mundo se desmoronaba debido a las intrigas palaciegas, decide adoptar la identidad del Enmascarado. No lo hace por gloria personal, sino por una necesidad imperiosa de restaurar el orden legítimo y proteger a un pueblo que sufre bajo el yugo de la arbitrariedad.
A lo largo de sus páginas, el lector se ve envuelto en una sucesión frenética de persecuciones por los tejados de la ciudad, duelos a cimitarra que quitan el aliento y huidas desesperadas a través de las dunas. El Enmascarado no es solo un guerrero hábil; es un estratega que debe jugar un peligroso juego de dobles identidades, moviéndose entre la aristocracia de día y actuando como un justiciero proscrito de noche. La tensión narrativa se mantiene constante gracias a la amenaza siempre presente de ser descubierto, lo que supondría no solo su muerte, sino el fin de la resistencia contra el mal que gobierna Bagdad.
El arte de Manuel Gago es, sin duda, el motor que da vida a esta epopeya. Su estilo, caracterizado por un dinamismo casi cinematográfico y una capacidad asombrosa para transmitir el movimiento, encaja a la perfección con el tono de la obra. Gago no se detiene en detalles superfluos; su trazo es rápido, nervioso y lleno de energía, lo que dota a las escenas de lucha de una vitalidad que salta de la viñeta. La ambientación, aunque hija de su tiempo y de una visión occidentalizada del Oriente Medio, logra crear un mundo vibrante y lleno de misterio que invita a la evasión.
"El Enmascarado de Bagdad" no es solo un cómic de acción; es un estudio sobre el honor, el sacrificio y la lucha eterna entre el bien y el mal. A través de sus personajes secundarios —aliados leales, damas en peligro que demuestran su propio valor y villanos de una pieza pero carismáticos— la obra construye un tapiz narrativo que mantiene al lector en vilo. La relación del héroe con la justicia es absoluta, y su máscara se convierte en un símbolo de esperanza para una ciudad que parece haber olvidado lo que significa vivir sin miedo.
Para el coleccionista y el amante del noveno arte, esta obra representa la "Edad de Oro" del tebeo español, un tiempo donde la imaginación suplía la falta de recursos y donde autores como Gago lograban que miles de lectores viajaran a tierras lejanas sin salir de casa. Sumergirse en las páginas