El Colegio Capuchino, obra del autor e ilustrador Fran Galán, se erige como una de las propuestas más atmosféricas y perturbadoras del cómic español contemporáneo. Enmarcada en un género que cabalga entre el drama histórico, el suspense psicológico y el horror gótico, la obra nos traslada a una España de posguerra sumida en el silencio, la represión y una religiosidad asfixiante. La narrativa se sitúa en un internado religioso, el epónimo Colegio Capuchino, un edificio que no solo sirve de escenario, sino que actúa como un personaje más, cargado de secretos y una pesadez casi tangible.
La trama se centra en la vida cotidiana de un grupo de internos, niños y adolescentes que deben navegar un sistema educativo basado en la disciplina férrea, el castigo físico y la culpa constante. Sin embargo, lo que comienza como un retrato costumbrista de la dureza de la educación religiosa de la época, pronto deriva hacia terrenos mucho más oscuros. La llegada de un nuevo alumno o el descubrimiento de ciertas irregularidades en el comportamiento de los frailes que regentan la institución actúan como catalizadores de una tensión que no deja de crecer.
El guion de Galán evita los artificios innecesarios para centrarse en la psicología de sus protagonistas. Los niños no son presentados como figuras angelicales, sino como supervivientes que desarrollan sus propios códigos de conducta, lealtades y miedos en un entorno que parece diseñado para anular su individualidad. La interacción entre ellos y el profesorado —una colección de figuras autoritarias que oscilan entre la rectitud dogmática y la perversión moral— crea un clima de desconfianza permanente. El lector percibe, desde las primeras páginas, que bajo la superficie de rezos y uniformes pulcros late algo profundamente podrido.
Visualmente, El Colegio Capuchino es un ejercicio de maestría narrativa. Fran Galán utiliza un estilo gráfico que se aleja de la limpieza de la línea clara para abrazar una estética más rugosa, expresionista y rica en texturas. El uso del color es fundamental: predominan las paletas apagadas, los tonos ocres, grises y sombras densas que refuerzan la sensación de claustrofobia. La iluminación juega un papel crucial, destacando rostros desencajados o pasillos interminables donde la oscuridad parece cobrar vida propia. El dibujo no solo ilustra la historia, sino que transmite el frío de las celdas, el olor a incienso rancio y la angustia de lo que se oculta tras las puertas cerradas.
El misterio central de la obra se dosifica con precisión quirúrgica. Sin recurrir a giros de guion gratuitos, el autor construye una intriga que se alimenta de lo no dicho, de las miradas furtivas y de los rumores que corren por los dormitorios. Existe una presencia, una sombra o quizás una verdad histórica que el colegio intenta enterrar, y que los protagonistas se ven obligados a desentrañar para no ser consumidos por ella. La obra explora temas universales como la pérdida de la inocencia, el abuso de poder y la lucha por la identidad en un sistema que exige sumisión absoluta.
En conclusión, El Colegio Capuchino es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic de autor en España. Es una obra que exige una lectura atenta, capaz de incomodar al lector al tiempo que lo fascina con su belleza decadente. Fran Galán logra capturar la esencia de una época oscura de la historia española, transformándola en un relato de suspense sobrenatural y humano que resuena mucho más allá de sus viñetas. Es, en definitiva, un estudio sobre el miedo y la resistencia en un lugar donde la fe se utiliza como herramienta de control y las paredes tienen memoria.